lunes, 27 de octubre de 2014

Testimonio de un psicótico


El Perro Rojo                 .


por Alfonso Rodríguez Sapiña
Poeta. Pensador. Escritor en "El Perro Rojo".




El camino que va de enfermar a tomar posición de que realmente sí necesitas medicación, pero que la atención psiquiátrica es un absoluto desastre, de que los métodos y conocimientos psi dejan mucho que desear, de que cuesta mucho explicarse ante amigos y más ante familiares: te encuentras con ingresos, silencios, provocaciones por parte de los profesionales. Las personas concienciadas sobre el problema resultan ser pocas, y todas con una visión parcial.

Los familiares no te creen cuando les cuentas que te ataron a la cama sin justificación alguna, o cuando un mostruito de seguridad hace el saludo fascista frente a ti. No quieren confiar en ti cuando sientes la necesidad de cuestionar la cantidad o clase de medicación. En algunos casos el ambiente familiar ha generado la enfermedad, cuando no el de estudios o laboral. En todos ellos el ambiente preestablecido es incapaz de gestionar, en un principio al menos, “esa personalidad rota”, digámoslo así. Los que te acompañan en tu día a día deberán animarte, escuchar tus dudas, delirios y sentimientos diversos.

Los familiares no creerán que es buena la aplicación de electro-shock o una lobotomía, pero si se lo dice un psiquiatra con suficiente autoridad, podrán creer cualquier cosa… ¡porque la mente es un misterio!... y desde luego la crueldad y la estupidez también… ¡¿si estuviera legalizada la esterilización como en tiempos todavía más oscuros, usted, familiar de “un enfermo mental”, lo aprobaría?! Vamos a ver si pensamos por nosotros mismos… ¿no sería mejor que ante una crisis se estableciera un protocolo de actuación para evitar ingresos? Y en caso de ingresar: ¿no debería ser más de acuerdo a un centro de descanso, tratamiento y rehabilitación, que no de acuerdo al “fantasmal” Manicomio donde se aplicaban “tecnicas” sin ton ni son y, poco menos que hacinados, gente de muy distinta problemática “convivía” allí? Y después de años algunos todavía no han logrado hacer vida fuera. Entre un sitio de estos y un calabozo no hay mucha diferencia… bueno, en verdad sí, la comida en los calabozos está más rica…

Aunque lo plantee mediante una broma esto ha sido y sigue siendo una pesadilla entre nosotros por mucho que no se comente o por mucho que estemos “acostumbrados”.

Enfermamos precisamente en un país con un alto porcentaje de paro, donde los trabajos a que puede aspirar un joven son mal remunerados, poco gratificantes y donde no existe ninguna cobertura específica para nuestra problemática que es, por ende, una problemática individual: tantas como diagnosticados somos.

La medicación no es gratuita, ¿qué ocurre?, ¿este Estado no puede negociar con las farmacéuticas (cuyos propietarios amasan millones) un precio relativamente asequible para que el usuario o familiar de usuario de Salud Mental, tenga asegurada su medicación? La salud es un derecho. Y en salud además, por su puesto, se trata de “prevenir antes que curar”. Claro que no vamos a ser tan utópicos como para pretender que un Estado que no es capaz de asegurar otros tantos derechos universales, detenga una tendencia que viene de antes, pero que se ha agravado con la crisis; para ser el gran benefactor que nos venden tantos políticos.

Cuando digo: “no vamos a ser tan utópicos”, no digo que nosotros los usuarios (psiquiatrizados o no) y los profesionales que nos atienden tengan claro hasta qué punto es clasista nuestra sociedad.

Los profesionales, en tanto trabajan, se pueden sindicalizar o, por lo menos, tienen un grado de cultura más elevado (por lo general). Están más al tanto del rumbo social y político que debería seguir “todo este asunto”. Es probable que de ellos surjan propuestas superadoras de mayor calado que entre los usuarios.

Pero una cosa es tristemente irrenunciable: la experiencia ante la brutalidad, el cinismo y la chapucería de los que como yo aún nos preguntamos:

¿REALMENTE QUIÉN ES EL ENFERMO?

Jodida pregunta, porque un examen atento nos obligaría no sólo a cuestionar la noción de mente, como algo separado del cuerpo o, más allá: ¿qué es eso de una mente dentro de un cuerpo? Si lo más generalizable sobre tal cosa es que “la mente genera pensamientos, que en caso de enfermedad son obsesiones o delirios”… fantástico, porque se recurre a una vieja clasificación de Freud y se omite (seguro que deliberadamente) la perversión que dicho en “cristiano” son el sadismo y el masoquismo.

Algunos sabemos que incluso añadiéndole un factor más a la enfermedad mental, seguiríamos sin tener algo riguroso, pero por lo menos toda esa gente que busca dañar estaría en tratamiento, nos evitaríamos cárceles, parlamentos, patronales y algún que otro psiquiatra.

Por otra parte, no existe una noción de “personalidad sana” entre todas las “ciencias psi”, que la separe tajantemente de una “personalidad enferma”. Cabría preguntarse ahora más bien, en este sistema:

¿REALMENTE QUIÉN HAY SANO?

También jodida pregunta, porque nos obliga a pensar en otros términos. En el sentido de que cada persona que compone una sociedad clasista, patriarcal, homófoba y que no ha entendido todavía el desarrollo de los niños-as, es susceptible de enfermar de una forma u otra. Claro que lo más llamativo será el enfermar del psicótico, porque éste querrá realizar su irrealizable fantasía y, al delirar, sentirá un miedo insufrible que verterá o canalizará de una forma “rara”. No es como una depresión, en la cual, desde fuera sólo se percibe una grandísima tristeza.

Y bien, si una personalidad “se ha roto” debido a unas circunstancias, sea esta personalidad “psicótica” o de otro tipo, habrá que atender al sujeto, tanto como las circunstancias que le han hecho enfermar: su entorno. Y si tal entorno no se puede cambiar, asegurarle otro más benigno. Claro que todo esto implicaría un cambio social muy importante: dejar claro que “la familia” no es siempre la solución y que creer ciegamente en ella es enfermizo (“familiaritis”), empezar a abordar los talleres, terapias y demás servicios como un deber que debe ofrecer si no el Estado, la “sociedad”, esto es, que sean servicios públicos, suficientes en número y calidad. Para lo cual debemos dejar de confiar en el conductismo y la psiquiatría oficial, que están muy enviciados en prácticas y categorías nada científicos. De nuevo añado: pensar por nuestra cuenta, de modo profundo, lo que nos conviene como colectivo e individualmente.

Es triste que, desde unas Universidades que dicen haberse regenerado desde el franquismo, salgan profesionales que ven un referente en aquellos que no ofrecen una calidad de vida mejor al enfermado. Esto es debido, no sólo a que dichos profesionales no están en contacto con la vida palpitante y herida de aquellos que ingresamos –especialmente- o simplemente aquellos que fuimos diagnosticados. Es debido también a la temática y el abordaje de los contenidos de las universidades.

Últimamente se habla mucho de que un proyecto político emancipador debería donar los sueldos de sus parlamentarios para vivir como “la gente normal y corriente”. Si los trabajadores psi tuvieran que pasar por un ingreso para obtener la aprobación de su gremio, tendrían más en cuenta el sufrimiento de muchos de nosotros y la inutilidad de muchos métodos. Igualmente los psiquiatras deberían probar una medicación cuando no tuvieran la certeza de que funcionara bien, a menos, claro, que fuera totalmente contraproducente para su cuerpo.

Es muy fácil “es que con esto y con aquello te pones mal y luego vienen los ingresos”. Seamos serios, porque aquí no se habla de fumar unos cuantos porros y que te sobrevenga una crisis. Simplemente estas absorto en tus pensamientos y eso produce alarma en tu familia. Claro, frente a esta memez de interpretación y uniéndolo a una justificación de un posible ingreso, te sale la rabia, ¿cómo no? Los familiares tampoco saben lo que es estar ingresado un mes en una planta sin que te dé el aire de la calle. Tampoco saben lo que es tomar una medicación que te deja “roque” en un momento. Adiós a un sueño natural y placentero. Dicen además que determinada medicación altera la memoria y los reflejos, ¡vaya! como los porros… pero en menor medida… ¿por qué no crean una medicación que nos haga reír aunque sea en menor medida?

Luego todos asienten cuando dicen que hay que ser flexibles (en la medida que mantengamos la enfermedad a raya). No me refiero, nuevamente, a tomarse una simple cerveza. Quedarse a dormir en casa de un amigo o con tu novia se convierte en foco de discusión. Si sales por la noche debes estar en casa a una hora ridícula a la que sabes que no vas a llegar. Podemos estar enfermos, pero no dejamos de ser jóvenes. Y con ello no quiero decir que lo único consistente en ser joven es una diversión estereotipada.

Después te enganchas al tabaco, un poco por dejar los porros, otro tanto porque te mueres de sueño. Conseguir tabaco y una paga mínima también se hace difícil si no recibes dinero de una pensión por una minusvalía que supere el 63%. Así que dependes de tus padres y/o de trabajos cutres. La disciplina familiar es esencial para que tengas autonomía, así que como no cumplas se acabaron el tabaco y los cafés. Bueno, esto sería apropiado con un chaval-a que “no hace ni el huevo”, que nunca ha hecho nada en casa. Que se ha pasado por el forro los estudios y tampoco quiere trabajar. Hay que motivarse y esta disciplina de pedir las cosas en determinado momento no creo que sea el mejor método. No son excusas, cuando te encuentras feliz, haces las cosas por tu cuenta o cuando te piden que lo hagas –siempre tratándose de tareas domésticas-.

A veces estás tan descontento con todo que odias a la gente de tu alrededor, porque exigen sin comprenderte; porque intentan ayudarte de una forma que no hace sino hundirte más. Porque a veces te dicen cosas hirientes de una forma que te quedas pensando: “el muy imbécil será capaz de decirlo con todo el corazón y pensará además que lleva razón”. El tacto en el trato brilla por su ausencia.

Después de dar tumbos algunos años, te encuentras con que les dan una pensión a tus padres en lugar de a ti y que ellos tienen que administrarla. ¡Ole y ole! ¿y la autonomía donde queda? Simplemente se te ocurre hacerte con el dinero y, con una falta total de visión, pensar que mientras te lo gastas conseguirás un trabajo lejos de tu casa.

¿Parece que vaya de víctima? Yo no voy a rehuir esta cuestión, pensando que es secundario, que es una “salida” que tienen algunos para justificar su trato y mi respuesta. No voy de víctima: he sido víctima, y por bastantes años. Si me he comportado con crueldad, ha sido en respuesta a otra crueldad. Con el tiempo he aprendido que más bien “hay que pasar y seguir con lo tuyo”. Pero hay veces que la falta de conciencia sobre lo que se dice es tan grande que te enerva. Esto casi todos los días te lleva a comportamientos que no desearías. Ojalá que la gente no pagara con el más débil su frustración, o su ignorancia con aquel que pretende educar. Ojalá hubiera un sano orgullo en lugar de la soberbia propia de las jerarquías y las disciplinas militares.

Cuando en el seno de las familias en que ha enfermado alguno de nosotros, así como entre los profesionales, nos tratemos en igualdad habremos dado un gran paso en no reproducir las relaciones de dominación que son propias de nuestra sociedad. Cuando un enfermado pueda decirle a su madre que exageró su adicción al cannabis, sin que esta se alarme por si vuelve a “probar”, o entra en otra discusión sobre los malos efectos de tal droga. Cuando un enfermado pueda decirle en total confianza a un profesional que muchos de los psiquiatras deberían estar en prisión o retirados de su profesión y que llama la atención que otros especialistas psi, así como personal de administración practican métodos inhumanos, ya sea por una orden, porque no saben hacer las cosas de otra forma o, simplemente porque quieren hacerlo así.

Cuando se abra un diálogo en que los más débiles tengan protección legal, cuando la verdad emerja con todos sus horrores, errores y aciertos; podremos iniciar un periodo en que “la enfermedad mental” o, mejor dicho, las distintas patologías sean entendidas socialmente y, a partir de aquí, erradicarlas.

Ya de nada nos sirven el pesimismo o las estadísticas o el respeto “en abstracto”. Hallada la fuente de la injusticia, se nos impone la concienciación, la organización y la lucha por construir otros modelos que nos vean como personas humanas con las que se puede y debe empatizar.

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