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jueves, 13 de febrero de 2020

Pharmakón, siglo XXI


Se suele entender como “efectos terapéuticos” aquellos efectos inducidos por los fármacos que fomentan alcanzar unos “objetivos terapéuticos”. En la medida en que estos objetivos terapéuticos contribuyen a la salud mental se puede afirmar que los efectos terapéuticos generan salud mental. Asimismo, se entiende por “efectos secundarios” aquellos efectos que son consustanciales al efecto principal del fármaco, es decir, que acompañan inevitablemente al efecto terapéutico, pero que, por el contrario, no contribuyen a generar salud mental y si ni quiera contribuyen a generar salud. Esta dualidad ya estaba impresa en la palabra etimológica griega pharmakon, que quería decir “aquella sustancia que tiene una potencia curativa, es decir, que tienen la propiedad de ser remedio, pero que al mismo tiempo es potencia venenosa”. Trataré de dar algunas claves para entender cómo potenciar el efecto terapéutico con respecto al efecto adverso de un fármaco.
Pero antes, para entender qué es un fármaco en nuestros tiempos, debemos actualizar la definición porque ya no estamos en la Grecia clásica sino en el siglo XXI y en un mundo globalizado. Y lo que ha ocurrido desde entonces es que un nuevo atributo se ha agregado al clásico pharmakon que ya no es solo “potencia curativa” al tiempo que “potencia venenosa”, sino que ahora además es mercancía que circula por un mercado, es decir que se ha agregado una “potencia mercantil” al clásico pharmakón. ¿Qué implicaciones puede tener esto con respecto al tema que nos interesa? Es complejo tratar de explicarlo con brevedad, pero lo intentaré:
El conocimiento científico del que disponemos de los psicofármacos es un conocimiento que se genera mayoritariamente en los ensayos clínicos que las agencias reguladoras (FDA, EMEA…) exigen a la industria farmacéutica para permitirles comercializar el fármaco en tanto mercancía. Y este conocimiento científico es limitado. Limitado a un contexto experimental, limitado a unas condiciones de uso. Limitado en dosis. Limitado en polifarmacia. Limitado a un perfil poblacional muy concreto. Y, sobre todo, limitado en el tiempo (la mayoría de los estudios suelen durar unas pocas semanas o meses). Sin embargo, las condiciones en las que luego se usan los fármacos en el mundo real son muy distintas, lo cual limita seriamente la aplicación de ese conocimiento científico que está circunscrito a esa situación ideal del experimento.
Hay, por lo tanto, un salto cuántico entre dos territorios. A un lado, un territorio experimental cuyo fin último es el fármaco como mercancía; se trata de un territorio ordenado, bien urbanizado, y fuertemente industrializado que vamos a denominar (si me lo permitís y para hacerme entender mejor) “Territorio Manhattan”. Y de ahí saltamos hacia otro territorio más caótico que es el del mundo real y donde el fin del fármaco es generar salud, es decir, encontrar ese equilibrio en el que esa potencia curativa supere a la potencia promotora de adversidad y donde ya no quede rastro alguno de mercancía. Vamos a denominar a este territorio “Territorio selvático”. Este salto entre estos dos territorios tiene muchas implicaciones. Voy a destacar algunas que me parecen especialmente relevantes.
1. Cada uno de estos dos territorios (el Territorio Manhattan del fármaco como mercancía y el Territorio Selva del fármaco como sustancia generadora de salud) tienen su propias lógicas, y tienen sus propios modelo teóricos que les sirven para sus distintos fines. El territorio Manhattan está diseñado y organizado según un modelo teórico que llamamos “modelo biologicista”. Es un modelo que dice que la enfermedad mental tiene su origen, y está determinada por factores biológicos, es decir, por desequilibrios en la neurotransmisión de los cerebros de ciertas personas. El territorio Manhattan no puede entenderse sin esta concepción porque se basa en él para diseñar sus ensayos clínicos. Dicho de otro modo: es imposible diseñar ensayos clínicos sirviéndose de otro modelo teórico que no sea el biologicista. Dicho aun de otro modo: el fármaco para devenir mercancía necesita del modelo biologicista. Si optásemos por otro modelo que no fuese el biologicista anularíamos el modelo industrial, y el Territorio Manhattan pasaría a ser un Territorio Detroit, es decir, un compendio de edificios industriales en ruinas.
2. Saltamos. Estamos en el Territorio Selva. La pregunta fundamental es: ¿podemos extender el modelo teórico del Territorio Manhattan a este otro territorio del mundo real?. Eso se puede saber haciendo estudios que vean cómo se comporta la realidad bajo este modelo. Es decir, ¿el modelo se ajusta a la realidad de lo que observamos en nuestra experiencia cotidiana? ¿Es explicativo de la realidad? ¿tiene capacidad predictiva? ¿es fiable? Una respuesta rigurosa a estas preguntas sería contestar que más bien no. Y la razón es que aquel modelo estaba específicamente diseñado para el fármaco en tanto mercancía y no para el fármaco en tanto sustancia generadora de salud. Porque, de hecho, es decir, en este territorio selvático del mundo real, la salud mental no está únicamente determinada por factores biológicos. Y tampoco los efectos farmacológicos están determinados exclusivamente por factores biológicos.
Un conocimiento actualizado y no circunscrito a los ensayos clínicos del Territorio Manhattan, es decir, tomando en consideración el conocimiento generado en otros territorios como el de la neurociencia, la antropología, la sociología, la psicología social o la salutogénesis nos lleva a la conclusión incontestable de que tanto la salud mental, como los efectos farmacológicos no dependen exclusivamente de factores biológicos en cerebros individualizados, es decir, que no sólo están determinados por los sistemas de neurotransmisión. Es más complejo y también más esperanzador.
Por tanto, una actitud puramente científica nos llevaría a desestimar el modelo biologicista para su aplicación en el “territorio selvático” y actualizarlo por otro que sea capaz de explicar, predecir, integrar, todo lo que ocurre cuando de hecho las personas empiezan a medicarse, es decir, la implicación que tiene de hecho la medicación en la vida de las personas y no solamente en sus sistemas de neurotransmisión.
¿Qué quiere decir todo esto?
1. En primer lugar, cuando una persona toma medicación, esa medicación le genera una experiencia. Una experiencia que modifica su vida. Y en ese modificar su vida, la medicación genera siempre una experiencia única. Y cuando digo “experiencia” quiero decir “conocimiento”. Un conocimiento que no servía de nada, es decir, que no sería útil, en el Territorio Manhattan pero que es absolutamente necesario explorar en el Territorio Selva. Tenemos formas de explorar este conocimiento experiencial de una manera rigurosa sobre todo con técnicas que provienen del Territorio de la Antropología, y que son mucho más adecuadas para abordar un conocimiento que emerge de la experiencia humana, allá donde las herramientas de psicometría no llegan. Por tanto, la experiencia que cada persona tiene con su medicación en su día a día es un conocimiento ineludible, imprescindible, que debe ser explorado e integrado en la toma de decisiones clínicas, donde, recordémoslo de nuevo, no queda un ápice de mercancía en el fármaco y por tanto, de lo que se trata es de procurar salud mental. Un apunte más. Este conocimiento experiencial sólo lo puede albergar la persona afectada que es la posee la certeza subjetiva de su experiencia, es decir, que sabe de hecho, cómo está siendo afectado por su medicación. Este conocimiento experiencial es un conocimiento que nunca puede ser a priori, que no se sabe de antemano, que ninguna prueba científica puede pre-anunciar. Que sólo empieza a emerger a posteriori, con el primer acto de la primera pastilla que atraviesa su garganta.
2. De lo que se trata, por tanto, es de explorar cómo la medicación está interaccionando en la vida de esa persona, qué recursos propios está activando y qué otros recursos está desactivando. Y trabajar con aquellos recursos que están siendo desactivados por la “potencia adversa” del pharmakon. Pongamos por caso que a un individuo que se llama “Pedro”, por poner un ejemplo, una medicación le ayuda a gestionar mejor su sintomatología psicótica, y Pedro es capaz de experimentar esta “mejor gestión de sus síntomas”. Sin embargo, la misma medicación le hace engordar. La obesidad es un factor de riesgo independiente de enfermedad cardiovascular y de cáncer, por lo tanto, a Pedro, que lo que quiere es salud, le preocupa esa “potencia adversa” de la medicación que toma. Una de las primeras cosas que habría que hacer es tener presente esa máxima que ya enunció el médico Paracelso en el siglo XVI que decía “sólo la dosis hace al veneno”, es decir, habría que buscar ese grial que representa la “dosis mínima efectiva”. Una vez hecho, Pedro debería activar sus recursos promotores de salud. Por ejemplo, Pedro puede acordarse de que cuando era joven le encantaba jugar al básquet, y que además se lo pasaba muy bien con sus colegas. Puede tratar de retomar eso. Si la medicación le está mermando además otras áreas que implican que a Pedro le cueste mucho tomar esta iniciativa, necesitaría encontrar apoyo y recursos que le ayuden a tomarla. Puede que encontremos un club deportivo en su barrio, puede que necesite despertarse menos sedado para que pueda levantarse de la cama y emprender su día, o puede que haya que contactar con alguien de su red cercana para que le ayude a tomar ese primer impulso. Lo que habría que evitar es que esa “potencia adversa” del fármaco no quedase contrastada por alguna acción, porque entonces, esa “potencia adversa” podría desarrollarse hasta el infinito. La salud es siempre proactiva. Tomar medicación puede conectar con cierta noción de salud-pasiva en la que es suficiente tomarse la medicación porque esta hace todo el trabajo por nosotros. La salud es siempre propiedad del cuerpo y el espíritu de Pedro. Nadie se la puede expropiar. La salud pertenece a las comunidades, por lo que también hay una vertiente política, absolutamente necesaria, de la salud mental. Si, por ejemplo, Pedro no encuentra en su barrio ni un solo espacio verde, ni un solo parque donde poder siquiera salir a pasear, construir salud mental pasaría por ese activismo comunitario en la exigencia de zonas verdes. Pedro podría asociarse a la Asociación de Vecinos de su barrio y tomar parte en las reivindicaciones de participación ciudadana. Esta activación política de Pedro representaría construcción de salud mental.
En definitiva, el trabajo con Pedro pasaría por activar sus recursos en salud para que poco a poco vaya transformando esos hábitos sedentarios y de esta manera contrarrestar y superar la “potencia adversa” del fármaco. Esto implica trabajar bajo un modelo de activos para la salud. Activos y recursos tanto personales como comunitarios. Este modelo de activos comunitario encaja mucho mejor con la clásica noción de pharmakon, es decir, es útil y funcional para extraer la “potencia curativa” del fármaco y limitar o contrarrestar la “potencia adversa”. Este modelo de activos comunitario, sin embargo, no es útil, ni funcional al fármaco en tanto mercancía. El fármaco nunca podrá devenir mercancía, y seguirá siendo pharmakón, bajo este modelo comunitario de salud. Los modelos teóricos, más que verdades absolutas, son útiles a determinados intereses. Cada interés, tiene su modelo.
3. Por último, esta visión de la biología dinámica puede explicar mucho mejor algunos patrones que observamos en el Territorio de lo real con el uso de psicofármacos. Puede explicar dos que me parecen muy relevantes:
A.   ¿Qué ocurre con el tiempo? ¿Pierden efectividad los psicofármacos o consiguen mantenerla? ¿Por qué la tendencia que se observa es que las personas cada vez reciban más dosis y más fármacos? y ¿por qué es tan poco frecuente que a alguien se le retire la medicación? Es decir, la tendencia que podemos observar en este Territorio de lo real es que las personas, una vez que empiezan a tomar psicofármacos cada vez tomen más dosis y se les añada más medicación, es decir, con el tiempo, la tendencia es a que sus tratamientos sean cada vez más complejos. ¿Qué modelo teórico puede explicar esto? Y sin embargo, existen modelo teóricos que provienen de la neurociencia o de la inteligencia artificial que sí son capaces de explicar esto que observamos. Una vez más se trata de actualizar modelos.
B.    Cuando a alguien se le retira la medicación y luego tiene un brote, ¿es porque en realidad necesitaba la medicación para funcionar, o puede considerarse el brote un efecto mismo de la medicación y en concreto, de su retirada? ¿Puede un neuroléptico producir psicosis? La respuesta es que si, que una retirada brusca o rápida de un neuroléptico puede inducir una psicosis. Por eso las retiradas deben hacerse de forma progresiva y para eso se necesita de un acompañamiento técnico y se necesitan de dispositivos que rara vez se activan (como la formulación magistral).
Por tanto, y con esto acabo, se propone: para el Territorio de lo Real trabajar la salud mental bajo un enfoque multicultural, dinámico, holístico y comunitario.
·    Roberto Campos, define la salud multicultural como “la práctica y el proceso relacional que se establece entre el personal de salud y los pacientes, donde ambos pertenecen a culturas diferentes, y donde se requiere de un recíproco entendimiento para que los resultados del contacto sean satisfactorios para las dos partes”.
·    Las experiencias, significados y sentidos que las personas atribuyen a su medicación pueden ser explorados y estudiados con rigor a partir de la gente y las comunidades, con el fin de integrar esta voz en las decisiones clínicas. Una manera muy eficaz de explorar este conocimiento experiencial consiste en emplear prácticas artísticas contemporáneas como la fotografía, la música, el teatro, la narración, el video-arte o el cine por poner algunos ejemplos. Esto ofrecería a las comunidades la oportunidad de concienciarse de su propio sistema de valores y significados. A partir de ahí, estas comunidades (que podrían incluir a profesionales sanitarios) podrían activarse propedéuticamente con respecto a sus propios discursos, para después activarse políticamente en la construcción de su propia salud mental. 
Paco Martínez-Granados

miércoles, 19 de septiembre de 2012

HISTORIA NATURAL Y CURSO EVOLUTIVO DE LA ESQUIZOFRENIA.

Autor: Javier López Gonzalez (Psicólogo:  doctorando UMH).

“Quien no dispone de tiempo para reconocer con precisión a los pacientes encuentra muchos curados, que otros consideran mejorados”

 (Bleuler)


Historia natural.-


No se puede hacer una buena introducción sobre la historia natural y el curso evolutivo de la esquizofrenia, tomando en consideración sólo a la población tratada con neurolépticos, estaríamos incurriendo en un sesgo metodológico de gran calado. Tampoco sería ético dejar a esta población de pacientes sin medicación (en los más de los casos de por vida) para estudiar este orden de cosas objetivamente.

Nos debemos remontar así a la era pre-neuroléptica donde sí se encuentran estudios sobre poblaciones no tratadas y desprovistas así de efectos espurios o ajenos al ámbito de estudio que nos ocupa de la enfermedad esquizofrénica.

Así, existe en la literatura un trabajo histórico de 70 pacientes suecos siendo ingresados por vez primera en 1.925, se rescataron los informes realizados a lo largo de su ciclo vital y los enfermos se re-diagnosticaron de acuerdo con el DSM-III. (Gelder et al, 2003). Ninguno de los enfermos había tomado anti-psicóticos. En el 33% de los casos el resultado se notificó de bueno (aunque no se tomó en consideración que el 0% de los pacientes se recuperara por completo).

En una revisión sistemática Hearty y cols. (1.994) sobre 320 estudios de resultados de casos de esquizofrenia o “dementia praecox” entre 1.895 y 1.992 que incluyó a 51.800 sujetos se señaló en conjunto que en el 40% de los pacientes remitían los síntomas a lo largo de la duración media de seguimiento de 5,6 años, se produjo un aumento significativo de la tasa de  mejoría durante el periodo de 1.956 a 1.985 en comparativa con los años 1.895 y 1.955 netamente relacionado con la introducción del tratamiento neuroléptico, pero no se puede obviar que ya había una tendencia previa hacia mejores resultados mucho antes, con cada década sucesiva. Estas observaciones sugieren que alguna transición hacia una evolución con menor deterioro se había producido antes de la introducción del tratamiento farmacológico. Se refirió que el pronóstico era mucho más favorable si los enfermos eran diagnosticados (según los síntomas), con criterios amplios (mejoraban el 47%), más que con criterios restringidos, (mejoraba el 27%).

Manfred Bleuler efectúo un estudio intensivo con 208 pacientes, Huber y cols. realizaron durante 23 años el seguimiento de 504 pacientes internados entre 1.945 y 1.959 y Ciompi entrevistó a 289 pacientes que fueron internados en Suiza entre 1.900 y 1.962 (cuya media de la duración del seguimiento fue de 36,9 años). A pesar de las limitaciones metodológicas de estos trabajos, sus logros constituyen un informe único de lo que probablemente representa el mejor acercamiento posible a la historia natural de la esquizofrenia; en esencia indican que se observó una recuperación duradera (curación completa) entre el 20 % y 26% de los casos. Entre el 50% y el 75% habrían alcanzado un estado clínico estable tras el quinto año desde el inicio sin mayor deterioro significativo.

El hallazgo más sorprendente de los trabajos de seguimiento a largo plazo es la elevada proporción de pacientes que se recuperan, ya sea completamente, o con anomalías residuales leves después de lustros de enfermedad grave.

Esto contrasta con la idea del hombre de a pie de que las esquizofrenias son enfermedades que no tienen tratamiento y que producen deterioro progresivo, idea a la que se suman muchos médicos limitando así el marco de un seguimiento.

Es improbable asimismo que el elevado porcentaje de remisiones de los estudios a largo plazo se atribuyan a casos de enfermedad afectiva o a psicosis transitorias mal diagnosticadas como esquizofrenias. Del mismo modo, no podrían atribuirse todos los resultados favorables, al tratamiento neuroléptico que fue administrado a los enfermos en las últimas etapas de su  patología, ya que se describieron tasas similares de recuperación en los sujetos que jamás habían tomado anti-psicóticos. Una posible conclusión de esta investigación de seguimiento podría ser que las esquizofrenias no constituyen una enfermedad crónica de deterioro, y que el trastorno puede detenerse o incluso revertir en cualquiera de sus fases. Las causas de esta reversibilidad permanecen aún desconocidas.

En el estudio Iowa 500, a 186 enfermos que fueron ingresados entre los años 1.934 y 1.944 en varios hospitales de la universidad de Iowa, se les efectuó un seguimiento hasta finales de los años 70. El 20% de los pacientes con esquizofrenia se mantuvieron sin síntomas psiquiátricos durante el seguimiento, aunque Winokur y Tsuang (1.996) (citado por Hales et al, 2000), referían que sólo dos de los pacientes seguidos seguían completamente  libres de síntomas (presentaban “cero síntomas”), En sus conclusiones adujeron que aunque un paciente haya mejorado y pueda considerarse que es capaz de trabajar y de vivir de manera independiente es poco probable que esté libre de toda la sintomatología.

Existen estudios prospectivos a largo término de enfermos de cohortes intactas reintegrados en la comunidad que nos dicen que existen grandes dudas sobre la, hasta no hace mucho tiempo, indiscutible cronicidad del trastorno demostrando inclusive que cierto número de pacientes que en algún momento fueron considerados como crónicos, mejoran de forma significativa y se recuperan con el transcurso del tiempo (Bleuler, 1.983).

Existen estudios longitudinales en los que las tasas de recuperación o remisión completa de los síntomas fluctúan entre 12% y 32%. Si estas tasas se sumaran a las de remisión completa, la tasa general de mejora en una franja de 5 a 15 años de seguimiento llegaría quizás al 50% y en cualquiera de los casos nunca sería inferior al 30%. Se presentan tasas más altas de remisión cuanto más largos son los estudios de seguimiento.

En esencia o resumen los trabajos que se han llevado a cabo a lo largo de varias décadas demuestran coherentemente que la esquizofrenia presenta un amplio abanico de posibles resultados y patrones evolutivos que van desde la remisión completa o casi completa después de episodios agudos de psicosis hasta la enfermedad continua y sin remisiones que lleva a un deterioro progresivo de las acciones cognitivas y el desarrollo social (cuanto más paulatino e insidioso es el modo de aparición de la enfermedad mayor probabilidad hay de una evolución que conlleve deterioro tipos III y IV). En consecuencia cuando aparece de forma más aguda mejor pronóstico tiene.

La evolución longitudinal de la esquizofrenia nos sorprende al observar la alta tasa de pacientes que durante el periodo de envejecimiento presentan  remisiones sustanciales o mejorías.


Curso evolutivo.-

Para anexar germinalmente el curso evolutivo en la definición de esquizofrenia debemos remontarnos a la obra de Emil Kraepelin (1.856 – 1.926), considerado como el “definidor” de la esquizofrenia, quien hizo una descripción de los síntomas, incluyendo como más importantes, las alteraciones del pensamiento, de la atención, alteraciones emocionales, negativismo, conductas estereotipadas y presencia de alucinaciones. Considerada así, la “dementia praecox” era un concepto unitario que incluía varios trastornos, como aparecen en la cuarta edición de su tratado “Kompendium der Psychiatrie” agrupados como “procesos psíquicos degenerativos”: la demencia paranoide, la catatonía y la demencia precoz. Pero, los treinta años que le llevó elaborar el concepto, se observó en él una evolución y  se muestra un tanto más optimista que en las primeras ediciones del mismo y asume que hasta un 13% de los pacientes terminaría presentando, al menos en apariencia, una remisión completa de sus síntomas, también reconoció que el inicio no era precoz en todos los casos. Hacía uso en lo que a la paranoia se refiere para la base del diagnóstico no solamente los síntomas aislados sino ante todo, el curso y el desenlace.

Kraepelin aunque hizo caso omiso de  lo motivacional y de las experiencias emocionales y cargó el acento etiológico en lo disposicional y tóxico, señaló siempre la eventualidad de sus conceptos y ha llegado hasta nuestros días como la piedra angular de la ciencia psiquiátrica.

Eugen Bleuler (1.857 – 1.939) mantuvo un punto de vista distinto dando más importancia al estudio transversal de los cuadros, que al curso y desenlace de la enfermedad. Cambió la denominación de “dementia praecox” por la de “esquizofrenia”, y recalcó que la anormalidad fundamental y unificadora en este trastorno era la “división o fragmentación del proceso de pensamiento” (schizo-phrenia: fragmentación de la capacidad mental), considerando al mismo tiempo, que el resto de síntomas como apalanamiento afectivo, pensamiento distorsionado y peculiar, abulia, trastorno atencional e indecisión conceptual tenían la misma importancia. También planteó que la evolución del trastorno era muy variable y con tendencia a la curación en un número importante de casos. Para él, la evolución de estos pacientes no era homogénea: un 60% presentaba a lo largo de los años un ligero estado de deterioro siendo capaz de valerse por sí mismo; es decir, defendió una postura más optimista en lo concerniente al curso evolutivo, sin embargo, siguió planteando, “que el brote psicótico nunca iba seguido de una restitutio ad integrum”.

El concepto de Bleuler era bastante más amplio que el de Kraepelin y adquirió una creciente aceptación constituyendo una descripción prototípica en la mayor parte de Europa, Inglaterra y Estados Unidos. (Andreasen, 1.987, 1.988)

En cuanto al curso evolutivo de la enfermedad los estudios de seguimiento realizados hasta la fecha han tomado en consideración tanto  la forma de inicio de la enfermedad como la aparición o persistencia de síntomas psicóticos, de síntomas negativos y cognitivos y de discapacidad funcional.

Distintos estudios y autores coinciden en cuatro formas de evolución con porcentajes parejos, así, se puede distinguir entre:

-Tipo I: un único episodio sin deterioro. Aproximadamente lo presentan un 16% de pacientes.

-Tipo II: más de un episodio sin o con un mínimo de deterioro. Suelen presentarlo el 46% de pacientes.

-Tipo III: deterioro tras el primer episodio con frecuentes exacerbaciones y sin retorno a la normalidad. Lo presentan alrededor de un 16% de pacientes.

Tipo IV: deterioro que se incrementa con cada episodio y sin retorno a la normalidad. Sobre un 22% de los pacientes lo presentan.


En la actualidad, el sistema clasificatorio DSM-IV (APA, 1994), define siete patrones de curso de la enfermedad que permiten describir las características del desarrollo de la sintomatología de la esquizofrenia a lo largo del tiempo. Estos patrones son los siguientes:

a)    episódico con síntomas residuales interepisódicos.

b)    episódico sin síntomas residuales interepisódicos.

c)    continuo.

d)    episodio único en remisión parcial.

e)    episodio único en remisión total.

f)     otro patrón no especificado.

g)    con menos de un año desde el inicio de los primeros síntomas en la fase florida.

Al margen de estos patrones de curso, en la evolución de la esquizofrenia también se identifican tres fases que la mayoría de los autores clasifican como a) fase prodrómica; b) fase activa y c) fase residual.

            La primera de ellas (prodrómica), que puede presentar una combinación clínica diferente en cada paciente. Su duración puede ir de meses a años.

            La fase activa: donde predominan los síntomas psicóticos positivos.

            Y la fase residual: en la que pueden persistir los síntomas psicóticos, pero si es así, lo hacen con  menor intensidad. En esta fase, el grado de la psicosis tiende al declive.

            Después de la fase inicial de deterioro, la enfermedad se estabiliza, es lo que se denomina “meseta”, que puede presentarse alrededor de los 5 años de inicio de la enfermedad, sin deterioro posterior. Lo que si sucede es que la mayoría de pacientes pueden presentar una preponderancia de sintomatología positiva en la primera fase de la enfermedad para posteriormente declarar más síntomas negativos o deficitarios. Los primeros años del proceso psicótico marcan en gran  medida y son cruciales para el curso evolutivo del trastorno.

            En cuanto al modo de aparición, consideramos: agudo, sub-agudo, gradual e insidioso. En el agudo se da un desarrollo de estado psicótico florido, los síntomas prodrómicos son leves o están ausentes. En el modo sub-agudo: aparecen los síntomas y se desarrollan en un claro estado psicótico, en un periodo superior a un mes. En el gradual: se produce un desarrollo lento pero progresivo de síntomas psicóticos, en periodo superior al mes. Por último, en el modo de aparición insidioso, no existen límites claros entre personalidad pre-mórbida y aparición del trastorno esquizofrénico, por lo que el modo de aparición como tal no puede ser evaluado. Como hemos citado anteriormente, sabemos por resultados de estudios que el modo de aparición del trastorno lleva consigo una peor o mejor evolución del mismo, así, existe mayor probabilidad de un peor curso evolutivo, cuando la aparición del mismo se produce de forma gradual e insidiosa. (De las Cuevas y González, 1993).

            También nos encontramos en disposición de afirmar después de la  revisión de estudios entre ellos  el de Fenton, and McGlashan, 1.991, a lo largo de 19 años que (según el DSM-III) dependiendo del tipo de esquizofrenia: paranoide, hebefrénica e indiferenciada, la paranoide se asociaba con menor discapacidad y tendía a remitir, en contraposición, el tipo hebefrénico con comienzo gradual presentaba a largo plazo un mal pronóstico. El tipo indiferenciado presentaba una posición intermedia.

            Podríamos concluir estando de acuerdo con Colodrón (1983)  exponiendo que en cada caso, el criterio para decidir si se ha logrado o no, la curación depende de la habilidad psicológica, y sobre todo, del tiempo que emplea el psiquiatra en observar y examinar al enfermo. (Como reza la cita del inicio de este escrito).

            Surgen nuevas perspectivas sobre el curso evolutivo de la enfermedad que estamos citando y analizando desde la aparición o el descubrimiento de los neurolépticos. En 1.952, Delay y Deniker dieron a conocer el efecto terapeútico de la clorpromazina sobre esta patología. Dos años más tarde Kline y Stanley comunicaron la utilidad de la reserpina (“la droga mágica de la locura” y, en 1.958 Jansen descubre las butirofenonas y sus efectos farmacológicos.

            Con la incorporación de los primeros neurolépticos se produjo en la psiquiatría una dosis de optimismo, sin embargo, al comparar los estudios más decanos sobre el seguimiento a largo plazo de cohortes de pacientes esquizofrénicos (Bleuler, Möller) con los más contemporáneos, en los cuales la mayoría de pacientes recibieron en su primer episodio tratamiento farmacológico, no parece que la introducción de estos fármacos modifique de manera significativa el curso evolutivo de la esquizofrenia a largo plazo.



REFERENCIAS


American Psychiatric Association (APA) (1994). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (4ª ed) (DSM-IV. Washington DC: APA. 

Andreasen N. C. (1988). Clinical phenomenology. Schizophrenia Bulletin, 14, 345-363

Andreasen, N. C. (1987). The diagnosis of schizophrenia. Schizophrenia Bullletin, 13, 9-22.

Bleuler, M. (1983). Schizophrenic Deterioration (a multi-author discussion of the topic). British Journal of Psychiatry, 143, 78-79   

Colodrón, A. (1983). Las esquizofrenias. Madrid. Siglo XXI de España editores. S. A. 

De las Cuevas y González (1993). Historia natural de la esquizofrenia. Anales de Psiquiatría, 7, 279-281.  

Fenton, W. S. & McGlashan, T. H. (1991). Natural history of schizophrenia subtypes I. Longitudinal study of paranoid, hebephrenic and undifferentiated schizophrenia. Archives of General Psychiatry, 48, 969-977

Gelder, M. G. López-Ibor J. J.  y Andreasen, N. (2003). Tratado de Psiquiatría (Tomo I). Barcelona: Ars Médica.

Hales, R. E.; Yudofsky, S. C. and Talbott, J. A. (1999). DSM-IV Tratado de psiquiatría (Tomo I) Barcelona: Masson.
Hegarty, J. D.; Baldessarini, R. J.; Tohen, M; Waternaux, C. and Oepen G. (1994). One hundred years of schizophrenia: a meta-analysis of the outcome literature. American Journal of Psychiatry, 151, 140

miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿Cómo son los cimientos sobre los que se fundamenta la psicofarmacología moderna? Revisión de seis décadas de investigación en psicofarmacología

Changes in Clinical Trials Methodology Over Time: A Systematic Review of Six Decades of Research in Psychopharmacology.Brunoni AR, Tadini L, Fregni F. Plos One, 2010; 5(3): e9479

Gracias a Nuria Homedes, editora de Boletín Fármacos, que por cierto es un recurso imprescindible en actualización e información no sesgada sobre uso de medicamentos, me ha llegado el trabajo que hoy comentamos y que me ha resultado de gran interés.
El estudio analiza la evolución de la calidad metodológica desde los inicios de la investigación en psicofarmacología, y es muy relevante ya que este constituye un análisis tanto de los cimientos de la psicofarmacología moderna como de la situación actual en cuanto a la validez interna de los ensayos clínicos. Este asunto es importante porque la calidad de los estudios nos proporciona conocimientos acerca de los límites o el alcance de las conclusiones establecidas. Y esto debería condicionar nuestra actitud frente a verdades establecidas que muchas veces no se entiende que estas verdades provengan de estudios con tantas limitaciones. Es como sobredimensionar el verdadero alcance del conocimiento que los ensayos clínicos generan. Pero vayamos al estudio de hoy…

Vayamos al inicio, a los cimientos de la psicofarmacología humana. 

Después de la Segunda Guerra Mundial hubo una explosión en investigación farmacológica y creció el interés por los ensayos clínicos. Este entusiasmo también se dio en psicofarmacología, cuya era moderna no empezó hasta el año 1949, cuando se reintrodujo litio para su uso en psiquiatría. Más tarde se incorporaron clorpromazina (1954), imipramina (1958) y algunos otros. La aparición de estas nuevas herramientas terapéuticas supuso un cambio no sólo en la práctica psiquiátrica sino también en el campo de la investigación, ya que hasta entonces había habido poca investigación en este campo y se tenía que confrontar el reto de diseñar metodologías específicas para los psicofármacos. Este reto fue el que generó, entre otras cosas, el desarrollo de la psicometría como una forma de cuantificar la sintomatología psiquiátrica y la publicación del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM). Paralelamente el diseño metodológico en la farmacología clínica seguía evolucionando; se introdujeron nuevos diseños que reforzaron los elementos de cohesión y validez interna en los estudios, como el cegamiento, los métodos de aleatorización, o las medidas de impacto.

En la actualidad, según comentan los autores de este estudio en la introducción, la psicofarmacología se enfrenta a nuevos retos importantes. Por ejemplo, aunque se han comercializado multitud de fármacos para las mismas indicaciones, aún teniendo mecanismos de acción diferentes, no parece que ninguno de estos avances neuropsicofarmacológicos entrañe un avance real en la efectividad clínica de estos productos en las afecciones psiquiátricas. O este otro: las variables de resultado que se emplean como indicadores de garantías clínicas (efectividad) son variables subrogadas y escalas de gravedad que no están exentas de cierto grado de subjetividad. Por otro lado, los criterios diagnósticos del DSM están muy encaminados a que los estudios psicofarmacológicos sean operativos, es decir que se requiere la presencia de un mínimo de sintomatología para poder establecer un diagnóstico, pero configura una pseudorealidad (o ficción) que dista mucho de la práctica clínica. Por lo tanto, es lícito y está justificado preguntarse si los ensayos psicofarmacológicos son metodológicamente adecuados y si consideramos que no, hay que preguntarse por qué no se ofrecen soluciones a estos retos, debemos plantearnos qué debemos cambiar, cómo hacer avanzar en definitiva la forma que tenemos de generar conocimiento en psicofarmacología.

Por lo tanto conocer cómo ha sido la calidad metodológica de los estudios en psicofarmacología actuales y en el pasado es necesario para avanzar en el conocimiento futuro. El objetivo de este estudio es examinar los cambios en el diseño metodológico acaecidos en los últimos 60 años revisando estudios publicados en revistas de alto impacto. 

Para ello se desarrolló un checklist basado en revisiones metodológicas de ensayos clínicos anteriores con el objetivo de trabajar los siguientes aspectos:
(1). Características generales (nombre de autores, año de publicación, revista científica y declaración de fuentes de financiación).
(2). Presencia de resúmenes. Se chequeaba la presencia o no de los apartados de antecedentes, métodos y resultados en los resúmenes de los artículos.
(3). Diseño del estudio. Se valoró el número de centros (uni- versus multicéntrico), si hubo período de lavado, si uno de los brazos recibió placebo, el diseño del estudio (2 brazos, 3 brazos, otros), y si el análisis fue por intención de tratar o no.
(4). Participantes. Se registró el tamaño muestral, si se registró el consentimiento informado de los sujetos que formaron parte de los estudios, los criterios de selección (claros/no claros), el método por el cual se valoró la severidad del diagnóstico (juicio personal/ escalas psicométricas), y cómo se realizó la confirmación del diagnóstico (entrevista clínica/ cuestionario estructurado).
(5). Metodología. Si el método de aleatorización fue adecuado (si/no/sesgado), si se informó sobre el cálculo del tamaño muestral, y si la hipótesis principal del estudio se definió de forma adecuada.
(6). Resultados. Si se llevó a cabo un análisis comparativo de las características basales, si se incorporaron variables de efectos adversos, si se describieron los motivos de abandono (adecuado/ inadecuado), y si se realizaron test paramétricos (si/no).
(7). Conclusiones. Se valoró si las conclusiones eran positivas, negativas o eclécticas y si estas conclusiones eran coherentes con los resultados del estudio (consistente/inconsistente/dudoso).
Los criterios empleados para la clasificación de la información se presentan en una tabla que se puede observar en este enlace: http://www.plosone.org/article/info:doi%2F10.1371%2Fjournal.pone.0009479

Se revisaron noventa y cuatro estudios, 24 (26,7%) con clorpromazina, 20 (21%) con litio, 8 (8,9%) con diazepam, 6 (6,7%) con clozapina y otros tantos con lamotrigina, 16 (17,8%) con fluoxetina y 11 (12,2%) con risperidona. La mayoría de los estudios fueron publicados en el BJP (30, un 33%), en el JCP (20 ensayos, 22%), y en el AJP (19 estudios, 21%). No se identificó ningún estudio publicado en el NEJM. Veintidós estudios fueron anteriores al año 1961, 23 se llevaron a cabo en el período de 1962-74, otros 22 ensayos se desarrollaron de 1975-89 y otros 22 de 1990 al 2003.

No se consiguió clasificar la fuente de financiación de 48 estudios (52%). Se clasificaron 36 estudios como de financiación pública y 7 de financiación privada. El tema es que los ensayos más recientes tienen un gran número de autores, y suelen declarar una o incluso varias fuentes de financiación de todo tipo (públicas y privadas). Por lo que muchos de estos casos fueron clasificados como “fuente de financiación no definida”. Pero como este fue el caso de un 52% de los estudios, no se llevaron a cabo más análisis estadísticos sobre este aspecto.
En las tablas 2 y 3 del estudio pueden verse todas las características descritas con sus respectivos análisis.  Ver en el enlace que se ha proporcionado.
En cuanto a la evolución de la publicación de resúmenes, con el tiempo se observó una clara mejoría en la calidad de las publicaciones de todas las secciones que componen un resumen (p<0.001 para todos los análisis). Esto puede verse en la figura 4 del estudio original.

Los criterios de selección de los sujetos de estudio también se han definido cada vez mejor (p<0.001). Algunos ejemplos que los autores encontraron de falta de claridad en los criterios de selección fueron “una ansiedad lo suficientemente severa como para necesitar un tranquilizante”, “los pacientes no tratados que estuviesen más perturbados y agresivos”, “pacientes que necesitasen ECT”, y “cuando la clorpromazina fuera considerada el tratamiento de elección”. También hay una clara evolución en los métodos confirmatorios de diagnósticos previos al ensayo clínico, ya que antes solían basarse en entrevistas clínicas, mientras que los nuevos estudios suelen basarse en entrevistas estructuradas (p<0.01). Lo mismo que en la evaluación de la severidad sintomática que antes se basaba en el “juicio clínico” mientras que en los estudios más recientes se basan en escalas psicométricas (p<0.01).

Asimismo se evidencia una clara evolución en los métodos de cegamiento del tratamiento activo, ya que en los estudios antiguos este en realidad era probable que no se llevase a cabo de forma adecuada, por lo que los estudios más antiguos podrían estar favoreciendo mediante un sesgo de cegamiento a los tratamientos activos.

El cálculo del tamaño muestral se ha empezado a describir en los estudios con el transcurso del tiempo (p<0.01). Quizás una consecuencia de esto es que el tamaño muestral ha ido aumentando (p=0.04 y p=0.03 tomando la variable “año” como continua y como ordinal respectivamente), aunque es también probable que este aumento se deba a estudios puntuales que se han llevado a cabo en periodos recientes y que tienen tamaños muestrales muy superiores al resto, más que ser una tendencia generalizada en todos los estudios recientes. El consentimiento informado de los pacientes también ha ido mejorando con el tiempo (p<0.01).
Durante la revisión también se detectaron estudios que violaron los criterios éticos; por ejemplo en un ensayo clínico en el que se pasaban a los pacientes de litio a placebo sin que estos fuesen informados de esta posibilidad.

Uno de los pocos aspectos que no ha evolucionado con el tiempo es el uso de placebo: el número de estudios controlados con placebo no ha cambiado con el paso de los años (p=0.13 para años tanto como variable continua como ordinal). Otros rasgos diferenciales de los nuevos estudios han sido la incorporación de un periodo de lavado al inicio del estudio, el diseño multicéntrico y el análisis por intención de tratar (p<0.01 para todas las variables).

Seis estudios tuvieron un claro sesgo en la aleatorización y asignación de los sujetos de estudio. Todos estos casos se clasificaron como inadecuados a pesar de que el método que siguieron estaba descrito. El análisis mostró que, aunque sí que hubo una evolución positiva en la descripción del método de aleatorización con el tiempo (p=0.01 y p<0.01 para años como variable continua y ordinal respectivamente), la asignación aleatoria de los sujetos no varió (p=0.39 y p=0.08 para años como variable continua y ordinal respectivamente). Este análisis debe ser contextualizado por el hecho de que el número global de estudios que describieron tanto el método de aleatorización como el método de asignación de los sujetos fue bajo (18% y 10% respectivamente).

En cuanto al cegamiento, 8 estudios no lo llevaron a cabo y 4 compararon intervenciones farmacológicas con intervenciones no farmacológicas por lo que tampoco hubo cegamiento. Un estudio empleó un brazo sin tratamiento, uno se declaró inicialmente como doble ciego pero más tarde los pacientes y médicos descubrieron la asignación porque los comprimidos empleados tenían un tamaño, color y número diferente en uno y otro brazo. En un estudio se realizaban pruebas sanguíneas sólo a los pacientes de uno de los brazos. En otro estudio los sujetos conocían su asignación. Finalmente los 83 estudios restantes emplearon un diseño de doble ciego.
En la sección de resultados, los estudios más recientes informaron mejor sobre comparación de los grupos basales (p<0.01) y efectos secundarios de fármacos (p<0.01), pero no se experimentó ningún cambio en la descripción de los motivos de abandono (p=0.34 y p=0.41 para años como variable continua y ordinal respectivamente). Con el tiempo, se empleó más la expresión estadística p y se detectó un aumento del uso de tests estadísticos paramétricos (p<0.01 para ambos parámetros).

Un ejemplo de otro de los aspectos de calidad metodológica que analizaron los autores: si las conclusiones (cómo presentan su contenido) se corresponden con los resultados y análisis proporcionados por el propio estudio. En un estudio de lamotrigina versus placebo, encontraron que el fármaco activo "se asocia a una eficacia superior", aunque esto sólo era cierto para algunos, pero no para todos los análisis que se llevaron a cabo. Un ejemplo de un estudio de conclusiones inconsistentes fue uno con un tamaño muestral muy bajo, 23 sujetos con manía donde se concluye que "litio es superior en todas las escalas, aunque no hubo diferencias estadísticamente significativas en ninguna de ellas". Los autores justificaban esta conclusión arguyendo que debido a la naturaleza de la enfermedad estudiada y a la naturaleza del psicofármaco, había barreras metodológicas que nunca podrían ser resueltas. Curiosamente, los 17 estudios que desarrollaron conclusiones inconsistentes, como el del ejemplo anterior, tenían sesgos metodológicos importantes.

Se observó que los estudios más recientes mostraron conclusiones más consistentes con los resultados que habían obtenido, en comparación los estudios previos (p<0.01), una asociación que continuó siendo significativa después de introducir  la variable “resultados positivos o negativos” en el modelo (p<0.01). No se evidenció ninguna tendencia hacia la publicación de resultados positivos en comparación con resultados negativos o dudosos (p=0.16).
Los autores hacen las siguientes interpretaciones de los resultados: El estudio muestra cómo efectivamente ha habido un cambio en la calidad metodológica de los estudios en psicofarmacología durante los últimos 60 años de manera que los ensayos clínicos son de más calidad y presentan una validez interna superior.

La inmensa mayoría de las variables de calidad que se han analizado han experimentado una mejoría en el tiempo, incluyendo la descripción del resumen, la expresión de diferencias estadísticas utilizando el valor de la p, el cálculo del tamaño muestral, el registro de eventos adversos, la definición más precisa de los criterios de selección o el análisis por intención de tratar. Los estudios más recientes están menos sesgados que los del pasado en cuanto a los métodos de aleatorización y cegamiento. Además las conclusiones proporcionadas en los estudios nuevos son más consistentes con sus resultados. Los tamaños muestrales cada vez han sido mayores, y el diseño de dos brazos ha ido sustituyendo al de tres brazos. Otros criterios no han cambiado,  por ejemplo el uso de placebo ha permanecido invariable.
Los autores valoran como algo positivo el hecho de que se emplee la psicometría para cuantificar las variables de resultado, sobre todo teniendo en cuenta que esto se hacía según “juicio médico” con anterioridad a las escalas psicométricas.

Cada vez son más numerosos los ensayos multicéntricos y lo que es más relevante: el tamaño muestral. Los motivos que los autores barajan son: (1) aspectos económicos y éticos para incorporar más pacientes de los necesarios para testar la hipótesis principal, (2) por evolución estadística permitiendo estimaciones cada vez más precisas del tamaño muestral, (3) aumento del rigor científico ya que los investigadores deben enunciar la hipótesis principal a priori, (4) preocupación por obtener resultados negativos y que estos se deban a una falta de poder estadístico.

La validez interna de los estudios ha ganado con el tiempo debido a que cada vez más se utiliza más frecuentemente el análisis por intención de tratar, minimizando los sesgos por abandono del tratamiento.

Conclusiones de los autores: La irrupción de la ciencia psicofarmacológica en psiquiatría despertó retos importantes en el campo de la investigación. Algunos de esos retos fueron la precisión en la definición criterios diagnósticos y de las variables de respuesta (a través de la psicometría). Como resultado, la calidad interna de los ensayos clínicos en psicofarmacología ha mejorado en los últimos 60 años, sobre todo en lo que se refiere a aspectos fundamentales de la validez interna como el método de aleatorización, asignación, método estadístico, aspectos éticos y demás. Sólo el uso de placebo ha permanecido invariable con el tiempo. Los cambios acontecidos han mejorado la eficiencia y la validez interna a través de la identificación de sesgos potenciales sistemáticos. Sin embargo hay aún camino por recorrer y aspectos que deben evolucionar, como por ejemplo la construcción de herramientas psicométricas, la definición de criterios diagnósticos y otros aspectos metodológicos. Por lo tanto, a pesar de la mejoría con respecto al pasado, aún no podemos afirmar que estamos realizando ensayos clínicos de óptima calidad.

Comentario al estudio:
Los hechos dilucidados por el trabajo son los expuestos por los autores, pero las lecturas y repercusiones son varias. Decir que la calidad metodológica de los ensayos clínicos en psicofarmacología ha aumentado es lo mismo que decir que el soporte científico que constituye el cimiento de la psicofarmacología moderna está plagado de sesgos metodológicos. Por tomar un ejemplo, sólo recientemente se ha integrado el hecho de que hay abandonos en los ensayos clínicos y se hace un análisis por intención de tratar, algo fundamental en la medición precisa de los resultados; otro resultado manifestado por este trabajo es que en los ensayos clínicos del pasado, la inclusión de los sujetos de estudio y la valoración de los resultados se hacían a “juicio médico”. Esto nos debería poner en posición crítica y de incertidumbre acerca de las intervenciones psicofarmacológicas que se emplean en la actualidad, ya que estas se basan en las del pasado.
Casi todos los aspectos metodológicos importantes en la valoración de la validez interna de los ensayos clínicos han evolucionado positivamente. Pero estamos muy alejados de una situación que los sistemas sanitarios podamos considerar aceptable, por lo siguiente:
1.      El principal comparador de los fármacos activos ha sido, es y ¿seguirá siendo? un placebo. Esto no ha cambiado en 60 años. Los autores apuntan a que se debe a un menor requerimiento en el tamaño muestral porque se amplifica la señal de respuesta y a que no hay consecuencias éticas por emplear placebo a corto plazo en un paciente diagnosticado de trastorno mental grave. Pero hay consecuencias que los sistemas sanitarios no pueden seguir permitiéndose.
Mientras se siga comparando con placebo, se hace muy fácil la proliferación de fármacos nuevos, y muy difícil que los sistemas sanitarios puedan posicionarse en términos de algoritmos de tratamiento óptimos y en términos de financiación. ¿Por qué tenemos que financiar fármacos que no suponen ningún avance terapéutico? Esto se evitaría si sustituimos el placebo por otro comparador (incluso cambiando el diseño por uno de no superioridad), y restringiendo la comercialización de fármacos nuevos que no demuestren un avance. Pero mientras el único requerimiento sea demostrar eficacia frente a placebo, el engranaje comercial está garantizado. Y la supeditación de los sistemas sanitarios –y de los ciudadanos- a este engranaje comercial también. Porque luego los recursos disponibles para encontrar ese posicionamiento terapéutico y económico son muy escasos, y cada vez más (recortes). Es decir, no se invierte en el lugar adecuado (en términos de calidad asistencial) y sí se invierte en el lugar adecuado (en términos de beneficios para la industria farmacéutica).
Lo de que no hay conflictos éticos en utilizar placebos a corto plazo en personas diagnosticadas de trastornos mentales graves es como mínimo, una contradicción.
2.      Si las herramientas psicométricas y de definición de criterios diagnósticos como el DSM nacieron para proporcionar operatividad a la investigación psicofarmacológica, ¿por qué no se restringen estas herramientas al campo de la investigación?, ¿qué sentido tiene emplear algo que tiene un fin operativo y de investigación en algo que tiene que ver con un diagnóstico (que es un proceso de mayor complejidad y que está orientado a la restitución de un desequilibrio, es decir, a obtener un resultado sanitario en el mundo real y no en condiciones experimentales)?
3.      Otro dato revelado por el estudio es que con el tiempo, cada vez se han empleado más tests paramétricos. Esto tiene la ventaja de que es más fácil financiar los estudios (porque requieren un tamaño muestral menor y por tanto el coste para la industria es menor), pero enormes desventajas a la hora de extrapolar resultados a pacientes en el mundo real. En primer lugar esta herramienta estadística no permite expresar resultados en términos de tasas de respuesta o recaídas. Pero esta restricción no se aplica. Se dicotomiza una variable que tiene una naturaleza continua y no dicotómica, de manera que se distorsiona la relevancia clínica real de las tasas de respuesta (Moncrieff & Kirsch, 2005). Esto es premeditado, ya que se magnifica la repercusión clínica de un efecto farmacológico. Recientemente se han reconvertido en un metaanálisis los efectos de los antipsicóticos expresados mediante escalas psicométricas a un impacto clínico real y se ha comprobado que la repercusión clínica real es sustancialmente menor (Lepping, Sambhi, Whittington, Lane, & Poole, 2011). Por lo tanto este aspecto debería ser inasumible por parte de los sistemas sanitarios, y es un elemento de los ensayos clínicos que debería ser optimizado hasta niveles aceptables. Una forma sería la incorporación de variables duras como tasas de suicidio, hospitalizaciones, grado de reinserción social o calidad de vida.
4.      Otro dato llamativo es que aún en la actualidad, el número global de estudios que describen tanto el método de aleatorización como el método de alocación de sujetos no sobrepasa el 20%, y como bien comentan los autores, dos pilares tan importantes en la valoración de la calidad metodológica no se puede entender el motivo de ocultarlos, sobre todo el la actualidad, donde se puede publicar material web adjunto al artículo, y por tanto no hay problemas de límite de espacio.
5.      Otro aspecto que no ha evolucionado en 60 años es la descripción y publicación de los motivos de abandono de los ensayos clínicos, algo que puede proporcionar una información muy valiosa ya que los abandonos son en sí mismos una variable de resultado de gran valor, puede que de mayor valor que las variables psicométricas.
Este estudio es de gran relevancia porque pone en evidencia los retos que debería asumir la investigación en psicofarmacología, sobre todo de cara al uso de estas intervenciones por parte de los sistemas sanitarios. Necesitamos en definitiva que los esfuerzos y la inversión se concentren en maximizar garantías y no tanto en multiplicar moléculas. Además puesto que los cimientos de gran parte de la práctica psiquiátrica están fundamentados en sesgos metodológicos importantes, debemos mantener una actitud crítica acerca de las intervenciones psicofarmacológicas que actualmente “se dan por sentadas”. 

Paco Martínez-Granados

Trabajos citados

Lepping, P., Sambhi, R., Whittington, R., Lane, S., & Poole, R. (2011). Clinical relevance of findings in trials of antipsychotics: Clinical relevance of findings in trials of antipsychotics. The British Journal of Psychiatry , 198, 341-345.
Moncrieff, J., & Kirsch, I. (2005). Efficacy of antidepressants in adults. BMJ (331), 155-157.

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