martes, 20 de septiembre de 2011

Más razones para moderar el uso de antidepresivos en personas ancianas


ANTECEDENTES
La prescripción de antidepresivos está aumentando, al igual que la de los antipsicóticos. En 2009, en Inglaterra salieron unas 39 millones de prescripciones de antidepresivos lo que supone un incremento del 35% en cinco años, la mayoría de ellas pertenecientes al grupo de los Inhibidores Selectivos de la Recaptación de la Serotonina (ISRS).
Como ya es sabido, no hay diferencias de efectividad entre grupos o moléculas antidepresivas por lo que el National Institute for Health and Clinical Excellence recomienda que la selección de un antidepresivo u otro debería hacerse en base a las preferencias del paciente y médico en cuanto al perfil de efectos secundarios que sí pueden variar en función del grupo o molécula farmacológica.
Además, mucho del incremento en el uso de antidepresivos se debe a su empleo en pacientes ancianos, donde, dejando de lado el debate del diagnóstico (verdadero Episodio Depresivo Mayor versus duelo o incluso medicalización de un proceso natural y vital), el uso de antidepresivos en este grupo de edad puede dar lugar a una mayor probabilidad de morbilidad de origen medicamentoso ya que son personas polimedicadas y con cambios biológicos que los llevan a asimilar y responder de forma diferente al resto de la población ante su exposición a un fármaco (propiedades farmacocinéticas y farmacodinámicas alteradas). Añadamos a esto la poca representación que tienen los pacientes ancianos en los ensayos clínicos con antidepresivos y la corta duración que tienen estos, por lo que es muy difícil de hacer una estimación objetiva tanto de la eventual ventaja que pudiera tener este tipo de tratamiento farmacológico como de los riesgos que se asumen y que el paciente debiera conocer previamente.
Estos son fundamentalmente los antecedentes de los que parten los autores de un estudio de cohortes llevado a cabo con pacientes mayores de 65 años y que tenían un diagnóstico de depresión, estudio publicado en el BMJ. BMJ 2011;343:d4551 doi: 10.1136/bmj.d4551 .

MÉTODOS
Emplearon una base de datos de atención primaria que lleva un registro del historial médico de dos tercios de la población del Reino Unido. La base de datos registra información demográfica, consultas realizadas, diagnósticos (tanto los hechos en atención primaria como los de especializada), resultado de investigaciones y pruebas y medicación prescrita.
La población diana para la cohorte fue aquella registrada en esta base de datos y que tuviesen registrado un diagnóstico de depresión y que tuviesen 65 años o más. El período de tiempo estuvo comprendido entre el 1 de enero de 1996 y el 31 de diciembre de 2007. Aquellos pacientes con un diagnóstico previo de depresión registrado anterior a los 65 años fueron preseleccionados para la cohorte con el fin de aumentar la representatividad del estudio. Entre los motivos de exclusión estaban los pacientes que: tuvieran 100 años o más en el momento del diagnóstico, o que hubiesen estado en tratamiento con un antidepresivo antes de producirse el diagnóstico o que tuvieran un diagnóstico de trastorno bipolar, esquizofrenia o cualquier otro tipo de psicosis.
El día de inclusión en el estudio fue considerado el primer día en que había un registro de diagnóstico de depresión después de los 65 años, o bien el primer día de registro de prescripción de un antidepresivo después de los 65 años en el caso en que este día fuese anterior.
La cohorte se siguió hasta el 31 de diciembre de 2008. La información sobre reacciones adversas durante el seguimiento se extrajo de los registros del sistema informático de atención primaria (que incluía también registros de atención especializada), empleando el sistema de codificación ICD-9 y el ICD-10. Solamente se contabilizaban reacciones adversas acontecidas entre el día de la entrada al estudio hasta el 31 de diciembre de 2008. Había una serie de acontecimientos adversos pre-configurados que eran: mortalidad por cualquier causa, intento de autolisis o suicidio, infarto de miocardio, ataque isquémico cerebral transitorio, ictus, caída, fractura, hemorragia gastrointestinal, epilepsia o crisis comicial, accidente de tráfico reacciones adversas e hiponatremia.
En cuanto a la medicación, la información se extrajo del sistema de prescripción electrónica, clasificándose por grupos farmacológicos según el British National Formulary. Aquellos pacientes que recibieran más de un antidepresivo (de igual o diferente clase) eran clasificados como prescripciones combinadas para algunos de los análisis que se llevaron a cabo. Con el fin de llevar a cabo un análisis comparativo de dosis, se convirtieron las pautas posológicas de los diferentes antidepresivos a Dosis Diarias de Mantenimiento (DDD) según las tablas de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Las variables de confusión potenciales que fueron consideradas fueron la edad  en el momento de la entrada al estudio, el sexo, duración de la depresión en años antes de los 65 años, severidad de la depresión (leve, moderada, severa), abuso de tabaco, comorbilidades basales (enfermedad coronaria, diabetes, hipertensión, antecedente de ictus o de ataque isquémico transitorio, cáncer, demencia, crisis o epilepsia, enfermedad de Parkinson, hipotiroidismo, trastorno obsesivo compulsivo, uso de otros medicamentos al inicio del estudio (estatinas, AINES, antipsicóticos, litio, aspirina, antihipertensivos, antiepilépticos y ansiolíticos) así como antecedente de caídas.

RESULTADOS
Un total de 88.701 pacientes tenían registrado en la base de datos un diagnóstico de depresión hecho a la edad de 65 años o más entre el 1 de enero de 1996 y el 31 de diciembre de 2007. Después de las exclusiones (por los motivos anteriormente citados) quedaron un total de 60.746 que provenían de 570 centros. La edad media del estudio eran 75 años, con una amplia mayoría de mujeres (66.7%). La duración media de seguimiento en años es de 5 (SD 3.3 años).

El patrón antidepresivo.

El grupo farmacológico más prescrito fue el de los Inhibidores de la Recaptación de Serotonina (ISRS) con un 54.7% de las prescripciones antidepresivas, seguido de los tricíclicos (31.6%) y otros (13.5%). Las dosis prescritas eran comparativamente inferiores para el grupo de los tricíclicos (ver tabla) que para los otros grupos ya que un 70% de los antidepresivos tricíclicos estaban dosificados por debajo de los 0,5 DDD, mientras que este porcentaje era de un 13.8% para los ISRS y para el grupo de “otros”. Citalopram, fluoxetina y amitriptilina eran los antidepresivos más frecuentes.

Análisis por grupo farmacológico.

Todos los grupos farmacológicos de antidepresivos se asociaron con un incremento estadísticamente significativo del riesgo de muerte por cualquier causa, suicidio, caídas, fracturas y hemorragia gastrointestinal comparado con personas que no estaban expuestas a estos fármacos.
Los ISRS y el grupo de “otros antidepresivos” se asociaron con un incremento significativos en el riesgo de ataque cerebral isquémico transitorio y epilepsia /crisis comicial. Los ISRS también se asociaron con un aumento en el riesgo de hiponatremia y de infarto de miocardio.
Las asociaciones de uso antidepresivo y acontecimientos adversos variaron sustancialmente dependiendo de la clase farmacológica. Cuando se comparaba directamente los antidepresivos tricíclicos con los ISRS estos últimos se asociaban con un incremento significativo de muerte por cualquier causa (riesgo ajustado 1.32 con IC95% 1.26-1.39), ataque cerebral isquémico transitorio (1.15; 1.05-1.26), caída (1.27; 0.97-1.66), fractura (1.27; 1.15-1.37), epilepsia/crisis comicial (1.80; 1.32-2.43) e hiponatremia (1.44; 1.19-1.75). El grupo de antidepresivos tricíclicos no resultó incrementar el riesgo de ningún acontecimiento adverso en comparación con los ISRS en ninguno de los acontecimientos evaluados.
Cuando se analizaba el riesgo de ictus entre los diferentes grupos, los tricíclicos no daban un incremento de riesgo (1.05; 0.95-1.17), pero sí lo hacían los ISRS (1.21; 1.11-1.32), y el grupo de “otros” (1.44; 1.24-1.67).



Análisis por antidepresivos individuales.

Trazodona se asoció con el riesgo ajustado más alto de muerte por cualquier causa, y con uno de los riesgos más elevados de suicidio. Mirtazapina obtuvo el mayor riesgo de suicidio y uno de los más altos de muerte por cualquier causa y de ataque cerebral isquémico transitorio. Venlafaxina fue el antidepresivo que más riesgo obtuvo de ataque cerebral isquémico transitorio, fractura y epilepsia/crisis comicial y uno de los riesgos más altos de suicidio y mortalidad por cualquier motivo. Citalopram obtuvo el riesgo más alto de caidas aunque sin distanciarse mucho del resto de ISRS.
Los ISRS citalopram, escitaloprem y fluoxetina se asociaron con mayor riesgo de hiponatremia pero no lo hicieron paroxetina ni sertralina.
El anáisis de riesgo de ictus dio estadísticamente significativo para trazodona (1.48; 1.08-2.04).

Análisis por dosis y duración de tratamiento.

Hubo una relación de dosis dependencia entre la dosis de tricíclicos y ISRS y los acontecimientos adversos de mortalidad por cualquier causa, caídas y epilepsia/crisis comicial. Para la mayoría de los acontecimientos adversos, los riesgos eran superiores en los primeros 28 días de tratamiento y el los 28 días posteriores al abandono del tratamiento.

Riesgo absoluto.

Los riesgos absolutos mayores fueron para muerte por cualquier causa, ataque isquémico transitorio /ictus, caidas y fracturas. El riesgo absoluto de mortalidad por cualquier causa en un año fue de 7.04% para las personas sin tratamiento antidepresivo, 8.12% para aquellos que tomaban un tricíclico, 10.61% para los ISRS y 11.43% para otros antidepresivos.

DISCUSIÓN DE LOS AUTORES
Este estudio observacional encontró una asociación significativa entre el uso de antidepresivos y varios acontecimientos adversos graves en pacientes mayores de 65 años. No se evidenció que los tricíclicos supusiesen un riesgo superior en ninguno de los acontecimientos evaluados, sino al contrario. Los ISRS supusieron un riesgo incrementado de muerte por cualquier causa, ictus/accidente cerebral isquémico transitorio, caídas, fractura, epilepsia/crisis comicial e hiponatremia con respecto al uso de antidepresivos tricíclicos. El grupo de “otros” que incluye venlafaxina o mirtazapina, se asociaron con un riesgo incrementado de muerte por cualquier causa, suicidio, ictus/accidente cerebral isquémico transitorio, fractura y epilepsia/crisis comicial, con respecto a los tricíclicos.
Mirtazapina, venlafaxina y trazodona se asociaron con los niveles de riesgo más altos para estos graves acontecimientos adversos.

Posible explicación de los autores.

Hay una evidente diferencia en la dosis a la que se prescriben los diferentes grupos farmacológicos de antidepresivos. Los tricíclicos se prescribieron a dosis sustancialmente inferiores lo que puede explicar que fuese el grupo más seguro. Sin embargo, aún realizando subanálisis comparativos a dosis equivalentes, los tricíclicos seguían tendiendo a riesgos ajustados inferiores en eventos como la mortalidad por cualquier causa, suicidio o ictus/accidente isquémico transitorio.  Esto puede ser reflejo de un patrón de prescripción diferente dependiendo del grupo antidepresivo y al hecho de que para los tricíclicos está más asimilado que dosis altas son igual de efectivas que dosis bajas.
En cuanto a la relación entre acontecimientos adversos y duración de tratamiento los autores mencionan la posibilidad de que esto se deba a que durante los primeros 28 días de tretamiento se inicia la eficacia antidepresiva y que por tanto al principio la depresión es más grave. El incremento en los 28 días después del abandono del tratamiento puede deberse al efecto de la hospitalización, o un florecimiento de la sintomatología antidepresiva, más que a un efecto de retirada.

Fortaleza y limitaciones.

La población estudiada es amplia, no se corresponde con el limitado perfil de sujetos representado en los ensayos clínicos en los que en concreto la población anciana está sistemáticamente excluida por comorbilidades y coprescripción de fármacos.
Los datos fueron recogidos prospectivamente por lo que tanto los acontecimientos adversos como los posibles factores de confusión de predefinieron antes de que ocurriesen por lo que no hay sesgo de recordatorio. El análisis de riesgo fue ajustado a factores de confusión potenciales tanto de comorbilidades como de medicación concomitante.
Los autores tuvieron información durante todo el seguimiento del estudio sobre fármacos concretos, dosis y duraciones de tratamiento, y no sólo una información en el momento basal lo que diferencia este estudio de otros estudios observacionales llevados a cabo.
La mayor fuente de incertidumbre con este tipo de estudios observacionales proviene del posible sesgo de indicación. Este tipo de sesgo se da cuando a un paciente se le prescribe un medicamento para un trastorno que por sí mismo está asociado con la variable de resultado, con lo que no se puede determinar si el acontecimiento estudiado se debe al fármaco en sí o a la enfermedad subyacente para la cual se ha prescrito el fármaco. Se trató de hacer frente a este sesgo limitando la población a sujetos diagnosticados de depresión estuviesen en tratamiento farmacológico o no, es decir, todos los participantes incluidos tenían la misma indicación. Esto es importante porque los acontecimientos adversos estudiados pueden estar asociados con la propia depresión. Aún así, el sesgo de indicación no está del todo erradicado ya que los pacientes diagnosticados de depresión que no reciban tratamiento antidepresivo puede ser que tengan una depresión más leve, o que su estado de salud fuese más frágil y por tanto no se considerasen candidatos a tratamiento antidepresivo. Por este motivo se seleccionaron los factores de confusión de severidad de depresión o fármacos concomitantes, para minimizar este sesgo. Por lo general el análisis de riesgo ajustado no se diferenció sustancialmente del no ajustado. En cualquier caso al no disponer de herramientas de sensibilidad para determinar la severidad de la depresión durante el seguimiento del estudio, los autores no descartan que haya un posible efecto de confusión residual.
Los análisis que se llevaron a cabo haciendo comparaciones directas entre grupos farmacológicos distintos son menos vulnerables a los sesgos comentados anteriormente de indicación o de prescripción, pero siguen siendo susceptibles a un sesgo de canalización ya que es posible que un tipo de antidepresivo se prescriba de acuerdo con alguna característica particular del paciente. Un ejemplo de esto sería la selección de un ISRS con respecto a los tricíclicos en pacientes ancianos frágiles con mayor riesgo de caída. También se procuró minimizar esta posibilidad de sesgo ajustando por factores de confusión como el riesgo basal de caida u otras comorbilidades.
Los autores también mencionan la posibilidad de sesgos residuales como consecuencia de una falta de registro en las bases de datos o historias clínicas registradas sin entrar mucho en detalle como para controlar todos los posibles factores de confusión. Para minimizar este sesgo los autores llevaron a cabo un análisis propio de serie de casos controlados que trata de eliminar el factor de la heterogeneidad en el detalle de los diferentes registros. El resultado de este otro análisis seguía siendo consistente con el análisis de la cohorte, ya que únicamente se producía una ligera sobreestimación del suicidio asociado al grupo de “otros antidepresivos” en el análisis de cohorte.
El sesgo potencial que tiene que ver con variaciones en el curso evolutivo del paciente no puede tampoco ser descartado.

Comparación con otros estudios.

Todos han sido estudios observacionales y por tanto con las mismas limitaciones si bien el presente estudio es el único que se centra en la población de más de 65 años y en varios acontecimientos potenciales.

Intento de autolisis/suicidio.

Pocos estudios han evaluado esta cuestión en personas mayores de 65 años. Un meta-análisis de ensayos clínicos randomizados y registrados en la FDA concluía que los antidepresivos reducían el riesgo de ideación autolítica y comportamiento suicida en personas mayores de 65 años. Otra revisión sistemática concluía lo mismo con los ISRS. Muy poca evidencia ratifica el hallazgo de el presente estudio de que venlafaxina, mirtazapina y trazodona se asocian con un riesgo incrementado en comparación con otros antidepresivos.

Infarto de miocardio e ictus.

No hay consenso. Algunos estudios advierten del riesgo mientras que otros declaran un efecto cardioprotector de los antidepresivos (este último asociado a los ISRS). Sí que otros estudios han obtenido un resultado similar en cuanto a que ciertos antidepresivos aumentan el riesgo de ictus, sobre todo ISRS y el grupo de “otros antidepresivos”. El mecanismo subyacente a este aumento del riesgo de ictus puede ser el efecto sobre las plaquetas de los ISRS y otros antidepresivos, lo cual se correlacionaría con un ictus de tipo hemorrágico. Esto no ha podido dilucidarse en el presente análisis.

Caídas y fracturas.

Varios estudios ya han alertado anteriormente sobre la fuerte correlación entre los ISRS y riesgo de caídas en personas ancianas. Según estos estudios los ISRS duplican el riesgo de caídas en personas mayores de 60 años. También hay estudios que hay correlacionado el uso de antidepresivos tricíclicos y el de los ISRS con un incremento en la tasa de fracturas.
La evidencia con respecto al incremento de este riesgo con el grupo de “otros antidepresivos” es muy limitada. El presente estudio ratifica este riesgo y lo encuentra superior para los ISRS, para los que además menciona como posible mecanismo subyacente una disminución en la densitometría ósea inducida por este grupo de antidepresivos.

Hemorragia gastrointestinal.

Hay un estudio que ajustó el riesgo de este evento adverso por un amplio número de factores de confusión y obtuvo un incremento de riesgo con ISRS muy similar al obtenido por los autores, sin que se haya establecido una correlación con los tricíclicos.
Es destacable el incremento sustancial de riesgo de hemorragia gastrointestinal asociado a venlafaxina lo cual también está en consonancia con los resultados de otros estudios.

Hiponatremia.

Tanto este estudio como los anteriores focalizan a los ISRS como el grupo que se asocia a este tipo de complicación metabólica. Se debe al síndrome de secreción inadecuada de la hormona ADH.

Otros resultados.

Resultados contemplados en este estudio como accidentes de tráfico, crisis comiciales o muerte por cualquier causa no han sido estudiados con anterioridad por lo que no es posible comparar conclusiones.

Implicaciones clínicas e investigación futura.
Algunos de los hallazgos de este estudio son inesperados –como el de que los tricíclicos son el grupo más seguro en ancianos-. La implicación clínica que los autores expresan es que “cuando se prescriba un antidepresivo a un paciente anciano hay que valorar el potencial beneficio-riesgo”.
Como línea de investigación futura proponen el diseño de ensayos clínicos que puedan esclarecer qué beneficio tienen los antidepresivos en personas mayores y que por otra parte ratifiquen sus resultados sobre los riesgos potenciales.

COMENTARIO NUESTRO:

Para no caer en el análisis cartesiano propio de la farmacología de nuestro tiempo, quizás debiéramos contextualizar el hecho de que la prescripción de antidepresivos en personas mayores de 65 años, y sobre todo en mujeres, sea una práctica tan extendida, lo que quiere decir una práctica tan necesaria y demandada. Me gustaría enmarcar este hecho en lo que Beatriz Preciado denomina “régimen farmacopornográfico” instaurado en nuestra sociedad moderna, una máquina cuyo engranaje esconde todo un arsenal farmacológico con el que hacer que la sociedad pueda tirar de sí misma. La medicalización de procesos biológicos puede ser una terminología a la que estamos más acostumbrados, si bien no deja de ser el mismo fenómeno. Prescribiendo antidepresivos trazamos la única línea bajo la que debería expandirse todo un entramado social, cultural y humano del que nuestra civilización actual carece. La caja farmacéutica suena, pero fuera de esto, la máquina social, comunitaria y familiar prosigue su chirrido disonante.
Podríamos proseguir con la discusión de que los antidepresivos han sido autorizados en Episodio Depresivo Mayor, que es una entidad ya sujeta a reduccionismos, como para que ni siquiera este límite se respete muchas veces, y extendamos su uso all duelo por la muerte de algún familiar, la percepción de inutilidad o la soledad física, elementos biológico-culturales con los que los antidepresivos no hacen más que ser la puerta de acceso a un sistema de salud, pero que no aportan nada más. Y es muy desalentador cerrar hasta esa puerta. No es mi campo y por lo tanto no entraré, pero habría que hacer un debate acerca de la entidad diagnóstica de Episodio Depresivo Mayor en los ancianos.
Una vez nos saltamos todos estos niveles, llegamos a la prescripción de un antidepresivo, y la pregunta debería ser ¿qué beneficios podemos esperar en personas mayores? Según el informe de la Agency for Healthcare Research and Quality basado el metaánálisis, la efectividad de los antidepresivos en pacientes de edad avanzada, de existir, es muy limitada y habría que preguntarse por su repercusión clínica real. Las personas mayores, con comorbilidades y otros tratamientos son sistemáticamente excluidos de los ensayos clínicos por lo que no hay datos fehacientes sobre lo que podemos esperar de esta intervención farmacológica a parte de una satisfacción del paciente cuando acude a consulta abriendo la puerta del sistema que cuida de su salud (este efecto no es desdeñable, pero si sólo se diese este beneficio podemos seguir pagando la consulta y dejar de pagar al laboratorio fabricante del medicamento).
Bien, por lo tanto saltamos todas las preguntas anteriores sobre cómo afrontar este fenómeno, incluyendo la última y el último paso antes de decantarnos por la prescripción del antidepresivo a una persona anciana llegamos inevitablemente a la pregunta, ¿le estamos poniendo en riesgo? Para mí esta pregunta está íntimamente ligada a la anterior, es decir, para mí es un riesgo tomar un medicamento en condiciones experimentales y sin un método ni instrumento de medida, pero para los que esto no sea un problema, podría pensarse lo que nos enseñan en las facultades técnicas universitarias, que los tricíclicos no son una opción porque son personas mayores y que los ISRS son seguros, y que en el caso de que si ya se hayan ensayado unos cuantos ISRS pues que quizás sea el momento de intentarlo con algo como venlafaxina por ejemplo. Porque un ISRS es seguro en personas ancianas.
Sin embargo este estudio dice justo lo contrario. ¿Por qué?
Bien, nunca será suficiente las veces que recurramos a la sentencia de Paracelso “sólo la dosis hace de algo un veneno”. En este estudio los tricíclicos eran dosificados a dosis de 0,5 DDD en su mayoría. Quizás por esta percepción de que los ISRS son más seguros, estos antidepresivos y otros de segunda generación se dosifican a dosis superiores a 1 DDD. A veces incluso se administran dos o más antidepresivos. Como son seguros…podemos forzar la dosis…
El estudio es observacional, todos conocemos las limitaciones de este tipo de estudios, los autores desarrollan extensamente estas limitaciones, pero es lo único en lo que muchas veces podemos basarnos, y además este tipo de estudios también tiene fortalezas. Metodológicamente el análisis es correcto, los riesgos se han ajustado a factores de confusión y además se establece (aunque no se profundiza en ello) un gradiente dosis-respuesta siendo la respuesta una complicación adversa grave. El hecho de que se un estudio observacional refleje un gradiente dosis-respuesta es un signo que puede aumentar nuestro grado de confianza en el estudio.
El hecho de que no haya ensayos clínicos que evalúe el uso de antidepresivos en ancianos no sólo es una cuestión de garantía de una eficacia; también de despejar dudas acerca de cómo deberíamos emplear estos fármacos. Las personas mayores presentan sus variables farmacocinéticas y farmacodinámicas alteradas con respecto a un adulto. El margen terapéutico (el que va entre la dosis mínima efectiva y la dosis a la cual empiezan los efectos secundarios) está mejor establecido para los tricíclicos que para los ISRS o para el grupo de “otros”, y esto influye también en que los tricíclicos se estén usando mejor y aún así sabemos aún menos del margen terapéutico en ancianos.
Por lo tanto, es posible que si en este estudio los tricíclicos salen mejor parados que los ISRS o los “otros”, sea porque, al tener más conocimiento sobre los tricíclicos (margen terapéutico más conocido, forma de monitorizar efectos adversos más conocidos, más bibliografía, más experiencia, adaptamos mejor la pauta posológica a disfunción renal o a edad avanzada, etc, etc), se estén de hecho utilizando mejor que los ISRS o que venlafaxina, por ejemplo, donde se emplean dosis en ancianos muy superiores a su margen terapéutico. Y si los estamos empleando mejor, es normal que de este uso se deriven menos complicaciones.
La percepción de que los ISRS o los otros antidepresivos de segunda generación en personas de edad avanzada son seguros es falsa y este estudio puede tomarse como una llamada de atención en este sentido. 

Paco Martínez-Granados

miércoles, 10 de agosto de 2011

Relevancia clínica de los resultados obtenidos con antipsicóticos en ensayos clínicos: una revisión sistemática


Una vez hecha la introducción explicativa a esta revisión sistemática en la entrada anterior, presentamos una traducción del artículo original que recordamos se publicó en The British Journal of Psychiatry, en mayo de 2011.

METODOLOGÍA
Los autores se basaron en una revisión sistemática previa de David y cols. sobre antipsicóticos de segunda generación que recogió estudios hasta el año 2001. (Davis, Chen, & Glick, 2003). A continuación realizaron una búsqueda bibliográfica desde el 2002 hasta el 2007 incluyendo las mismas palabras clave. Los criterios de inclusión fueron:
a). Pacientes diagnosticados de esquizofrenia o trastornos esquizoafectivos.
b). Que se ensayase al menos un antipsicótico de segunda generación.
c). No era requisito que existiese un comparador.
d). Que la variable de resultado fuese cambios en la puntuación media de la BPRS y/o PANSS desde el momento basal hasta el final del estudio.
e). En cuanto al diseño, al menos un grupo con diseño pre-post.
f). Los trabajos debían haber sido publicados en revistas con sistema peer-reviewed o que formara parte del listado de estudios empleado por David y cols (Davis, Chen, & Glick, 2003), o por una de las tres bases de datos presentadas en el artículo. Los libros y las conferencias fueron excluidos. Las publicaciones incluidas debían estar escritas en inglés, alemán o francés. Era obligatorio que se declarase en número de sujetos incluidos en cada brazo, y debía estar disponible el texto completo.

Las palabras clave que guiaron la búsqueda bibliográfica en la revisión de Davis y cols. fueron aplicadas en MEDLINE, PsycINFO, y CINAHL y fueron: ((amisulpride OR aripiprazole OR clozapine OR olanzapine OR quetiapine fumarate OR remoxipride hydrochloride OR risperidone OR sertindole OR ziprasidone hydrochloride OR zotepine) AND (schizophrenia OR schizoaffective disorder) AND (BPRS OR PANSS)); estas palabras clave fueron las mismas que se emplearon en la actualización que llevaron a cabo los autores.

Los autores llevaron a cabo una serie de medidas encaminadas a eliminar aquellos factores que pudieran constituir sesgos sistemáticos contra resultados positivos. De esta manera excluyeron estudios que reportaban puntuaciones medianas calculadas en muestras heterogéneas de pacientes, ya que la media de las puntuaciones suele ser un resultado algo más positivo que la mediana de la puntuación en muestras heterogéneas. Es decir, sólo se incluyeron estudios que expresaban sus resultados como la mediana de la puntuación si de demostraba que el resultado era homogéneo con la media de la puntuación. Aquellos estudios que incluían pacientes que estaban generalmente sanos al inicio del mismo, fueron también excluidos, ya que esto hacía que fuera más difícil explorar un hipotético beneficio clínico con antipsicóticos. Se incluyeron aquellos estudios cuya puntuación media basal en la escala PANSS era superior o igual a 58 o superior o igual a 31 si se trataba de la puntuación media en la BPRS. La correspondencia de estas puntuaciones con la situación clínica, según la conversión propuesta por Leucht y cols, (ver entrada anterior para encontrar mejor desarrollado qué significa esto) era de una puntuación de al menos 3 puntos en la escala CGI-S lo que quiere decir “moderadamente enfermos”.  Por último se excluyeron estudios en los que se empleasen dosis adaptadas a edad con el fin de evitar la posibilidad de dosis infraterapéuticas en la interpretación de los resultados.

Más tarde se readaptaron las escalas BPRS y PANSS al cálculo de porcentaje de cambio en situación clínica tal y como hicieron Leucht y cols. En este ajuste se tuvo en cuenta que en estas escalas existen una puntuación mínima que representa la ausencia total de síntomas, que para la PANSS son 30 puntos y para la BPRS son 18. De la misma manera se calculó tanto la media de puntos de diferencia con respecto a la situación basal como el porcentaje de variación en la puntuación como resultado de la intervención (antipsicóticos de segunda generación versus antipsicóticos de primera generación o versus placebo y también para fármacos activos combinados).

Se realizó la prueba t para muestras independientes para determinar la homogeneidad entre la media y las mediana de la escala BPRS en la comparación de antipsicóticos de segunda generación versus los de primera. Este test mostró que había homogeneidad (P>0.05), por lo que de ahí en adelante los autores combinaron los resultados de expresados en media con los expresados en mediana. Los resultados concernientes a la PANSS eran siempre expresados como media. Después de todo esto se efectuó la conversión de todas las puntuaciones en las escalas BPRS y PANSS a la puntuación en la escala CGI-C con la herramienta de conversión proporcionada por Leucht y cols.
La puntuación que se tomó como referencia para la conversión a la escala CGI fue la última de las registradas al final del seguimiento de cada estudio con el fin de dar la oportunidad a que los antipsicóticos surtiesen su mayor efecto y así eliminar el sesgo de un ensayo antipsicótico demasiado corto. El resultado de este trabajo se encuentra en la figura 1 que se expuso en la entrada anterior.

RESULTADOS
En la figura 2 se puede observar el diagrama de flujo que siguió el proceso de búsqueda y selección de los estudios incluidos.
 Los 120 estudios que finalmente se incluyeron representaban entre 1 y 7 brazos, 12 fármacos diferentes para el análisis de la BPRS y 15 fármacos diferentes para el análisis de la PANSS. En total, 22.428 sujetos incluidos en el análisis de la PANSS y 9.772 en el análisis de la BPRS. No hubo diferencias estadísticamente significativas entre las puntuaciones BPRS y PANSS basales de los tres grupos (antipsicóticos de segunda generación, antipsicóticos de primera generación y placebo).
Para la muestra cuyo resultado se expresó empleando la escala PANSS, la equivalencia en la escala CGI-C para la mayoría de los antipsicóticos estaba en un rango que iba de -0.5 a -1.2 (0 significa ningún cambio clínico significativo y -1 constituye el umbral de “mejoría mínima”). Clorpromazina constituyó una excepción con una puntuación CGI-C de -0.2 y amisulprida con una puntuación CGI-C de -2.2 (mejoría considerable).
En el análisis de los estudios que emplearon la BPRS como medida de resultado, las puntuaciones obtenidas tras la conversión correspondiente a la escala CGI-C era dio un intervalo algo superior a la obtenida en el análisis anterior de la PANSS. La mayoría de los antipsicóticos dieron como resultado puntuaciones entre -1 y -1.9, Olanzapina obtuvo una puntuación de -2 (mejoría considerable).
DISCUSIÓN
Resultados principales.
Los estudios publicados y que constituyen el grueso de lo que se conoce sobre la eficacia de los antipsicóticos nos dicen que cuando se usan estos fármacos, los pacientes con esquizofrenia y otros trastornos psicóticos mejoran. Sin embargo cuando nos preguntamos cuánto mejoran y dirigimos esta pregunta a una indagación clínica real (mejoría clínica relevante), lo que encontramos es que es difícil de saber porque estas otras variables (que son las trascendentes) no se suelen emplear en los ensayos farmacológicos. Los autores de esta revisión sistemática, estudian este fenómeno y sus hallazgos son que esta mejoría es “decepcionantemente limitada”. Aunque es difícil llevar este análisis a diferencias entre los antipsicóticos de primera generación y los de segunda, los autores sí que obtienen diferencias entre diferentes fármacos.
Estos hallazgos coinciden con otros estudios independientes que se han llevado a cabo en los últimos años, como son el CATIE y el CutLASS. Estos coinciden en que amisulprida y olanzapina ofrecen mayores grados de mejoría clínica que otros antipsicóticos como ziprasidona, quetiapina o aripiprazol que ofrecen resultados pobres. En cualquier caso, incluso tomando como referencia amisulprida y olanzapina que son los que mejores resultados obtienen en estos estudios, la mejoría clínica que pueden aportar es moderada.  Y ningún antipsicótico (ni siquiera estos dos) obtuvieron este grado de mejoría (moderada) en ambos análisis al mismo tiempo (BPRS y PANSS) lo cual habría dado fortaleza a este hallazgo. El hecho de que ni siquiera clozapina haya obtenido este grado de mejoría clínica puede radicar en que este antipsicótico suele ensayarse en pacientes con esquizofrenias resistentes con lo que el estado basal es, por lo general peor, y hay por tanto menos margen para evidenciar una mejoría clínica.
El hecho de que las puntuaciones CGI provenientes de la escala BPRS fueran algo superiores a las provenientes de la escala PANSS puede ser reflejo de que la PANSS explora más la dimensión de sintomatología negativa.

Otra variable que los autores consideran para interpretar los resultados es que la población incluida en los ensayos clínicos difiere sustancialmente de la que podemos encontrar en clínica con trastornos psicóticos agudos. De hecho algunos estudios naturalísticos con sujetos con trastornos psicóticos agudos en tratamiento antipsicótico muestran cómo se consigue una reducción en la PANSS mucho mayor que la que se obtienen en los ensayos clínicos. Por ejemplo en un estudio naturalístico con 280 pacientes agudos hospitalizados con esquizofrenia se obtuvo una reducción en la puntuación de la PANSS de un 47%, lo que equivale a una puntuación de -1.75 en la escala CGI-C, entre el ingreso y el alta hospitalaria. Un subanálisis de esta muestra sobre aquellos sujetos con alta tasa de reingresos hospitalarios mostró cómo esta puntuación en la CGI-C era sólo de -0,8 lo cual está más en consonancia con los resultados de la revisión sistemática que estamos comentando.

Otra posible interpretación que los autores hacen es que la relevancia clínica del tratamiento antipsicótico sea en realidad limitada, por lo menos en lo concerniente al control de la sintomatología (que es lo que pueden modificar los antipsicóticos).

Limitaciones.
Por la metodología que se ha seguido es poco probable que se haya cometido un sesgo de selección de estudios y se puede considerar que los estudios seleccionados son representativos.
En el análisis no se ha tenido en cuenta la duración de los estudios que han sido de 6 a 24 semanas. Se sabe que el efecto antipsicótico empieza a reflejarse en las escalas psicométricas PANSS y BPRS a las 2 semanas por lo que no parece que haya un sesgo en este aspecto.

NOTAS.
Este estudio es de máximo interés.
Por un lado pone de manifiesto algo que está implementado pero que conviene poner en perspectiva: los resultados de los ensayos clínicos se basan en escalas psicométricas (PANSS, BPRS) que informan sobre la evolución de cierta sintomatología, pero que por sí mismas no dan nociones de un impacto clínico relevante con el que conocer la verdadera magnitud de sus efectos. Son variables subrogadas. La extrapolación de estos resultados sobre estas variables subrogadas a cuestiones como la calidad de vida sobre los pacientes, ingresos hospitalarios, reinserción social y otros resultados realmente perseguidos por los sistemas sanitarios y los pacientes, es pura hipótesis, es conjetura, no es ciencia, es suposición.

Este estudio arroja luz sobre esta suposición y dice: en el mejor de los casos, se trata de una relevancia clínica moderada a baja.

El estudio está bien diseñado, han cuidado todos los sesgos potenciales y han tratado de eliminar sobre todo variables que pudieran restar o minimizar la magnitud del efecto de los antipsicóticos. El único factor que por tanto es conveniente matizar es que la población puede ser heterogénea y que probablemente el efecto de los antipsicóticos de forma aguda pude ser de mayor magnitud. En cualquier caso, la práctica diaria nos cuenta que casi nunca el escenario es el de pacientes que se tratan con antipsicóticos sólo durante la fase psicótica aguda, por lo que este factor no resta importancia al resultado de esta revisión que trata de acercarse a la realidad de un efecto clínico global de lo que puede durar un ensayo antipsicótico completo.

Ante estos resultados (y antes también) cabe preguntarse cómo la FDA, la EMEA y otras agencias reguladoras permiten la comercialización de antipsicóticos sólo con demostrar ciertas disminuciones en la puntuación de escalas psicométricas, sin haberse conocido con exactitud hasta la conversión de Leutch y cols, la repercusión clínica de estas reducciones. Sería conveniente que no hiciera falta hacer estas conversiones porque los estudios además de incluir variables de respuesta psicométricas incluyeran además otras variables más interesantes para los sistemas sanitarios (que financian y gestionan) y para los pacientes. No creo que ningún paciente se ponga muy contento por saber que ha dado 15 puntos menos en la PANSS. Sí se pone contento si ha encontrado un trabajo y el fármaco ha contribuido a esto. Si esos 15 puntos son suficientes para mejorar algún aspecto clínico, de calidad de vida o de reinserción laboral, esto es lo que ahora no sabemos, pero que a estas alturas deberíamos saber.

Por último, integrar el hecho de que los antipsicóticos tienen una eficacia (y esto ya constituye un éxito) pero que tiene un límite y sabér cuál es este límite, puede ser bueno, ya que así podemos invertir el excedente (gasto) en otras estrategias, de manera que el total de estas estrategias sea muy superior a un enorme gasto farmacéutico (injustificado) y raquíticas intervenciones de otra naturaleza. 

Paco Mtz.Granados

martes, 12 de julio de 2011

¿Qué entiende la industria farmacéutica y las autoridades sanitarias por eficacia antipsicótica?


En la entrada de hoy daremos las claves necesarias para comprender un artículo muy interesante que ha salido publicado en el BJPsych “Clinical relevance of findings in trials of antipsychotics: systematic review”. Me ha parecido interesante poner una entrada previa al comentario del artículo de manera que pueda comprenderse bien su alcance.

La pregunta del título de la entrada tiene su importancia. No sólo porque lo que estas instituciones entiendan por efecto antipsicótico es lo que luego determina el conocimiento en las universidades, hospitales y consultas (del mundo), también porque esta cuestión de la eficacia es lo que rige la autorización o no de la comercialización de los medicamentos. Es decir, si un laboratorio farmacéutico quiere comercializar un medicamento, tiene que demostrar a las autoridades sanitarias que su medicamento es eficaz. Para eso la industria tiene que diseñar un ensayo clínico con una serie de personas. Este número de personas que tiene que formar parte del estudio viene determinado por la variable principal que demuestra la eficacia, y aquí está la clave. Cuanto menos riguroso soy en lo que entiendo por eficacia hay dos ventajas que obtengo: necesito menos personas para demostrar eficacia sobre esta variable, con lo que disminuye el coste que necesito invertir en mi estudio, y por otro lado es más fácil demostrar una eficacia, en resumen, aumento las posibilidades de que me autoricen la comercialización de mi medicamento y a menos coste. Luego ya trataré de hablar genéricamente de eficacia, como si esto fuese algo que se puede convertir en un término abstracto de curación, de remedio, de necesidad, cuando si encarnamos el término en la variable exacta sobre la que se ha cimentado todo el término, muchas veces, nos damos cuenta de que está muy alejado de lo que debería representar una efectividad farmacológica (sobre todo teniendo en cuenta el precio de salida que tienen los medicamentos).

No es hasta el año 2006 y 2008 que se llevan a cabo dos grandes estudios independientes para tratar de evaluar la efectividad de los antipsicóticos. Son los estudios CATIE y CutLASS. Entre otras cosas, demostraron que seguir hablando de superioridad de los antipsicóticos “atípicos” de segunda generación con respecto a los antipsicóticos convencionales era ya inconsistente. No importa la dimensión evaluada, sean criterios de eficacia, sea criterios de tolerabilidad, de síntomas negativos, lo que fuere, la superioridad de los antipsicóticos de segunda generación no se sostiene. Nunca se sostuvo, pero este es otra cuestión que dejaremos para otro día.

Leutch y colaboradores iniciaron el debate que vamos a analizar en esta entrada, y que ponemos en antecedentes:

¿Qué se entiende por eficacia antipsicótica? à  Reducciones en puntos de escalas psicométricas que tienen sensibilidad para registrar variaciones en cierta sintomatología. Por lo general se emplea la PANSS (Positive and Negative Syndrome Scale) y la BPRS (Brief Psychiatric Rating Scale).
Bien, esto, por definición es una variable subrogada o intermedia. Este concepto significa que no representa la respuesta sanitaria que realmente persigo (que sería por ejemplo variables funcionales, o de reinserción laboral, o de calidad de vida), pero puedo emplearla porque la variable intermedia está relacionada con la respuesta de salud “auténtica”. Poniendo un ejemplo, es lo que ocurre con colesterol y accidente cardiovascular. Lo que realmente quiero es que no se produzcan accidentes cardiovasculares, me importa el colesterol en la medida en que cifras altas de colesterol se relacionan con más probabilidad de accidentes cardiovasculares, pero ¿qué ocurriría si me dan un medicamento que baja el colesterol pero que por otro lado me aumenta la tensión arterial? Bueno pues que puede que tenga el mismo riesgo o más incluso de que adquiera un accidente cardiovascular, porque la tensión arterial es otro factor de riesgo.

En conclusión, nunca una variable subrogada debería tomarse en consideración absoluta, en realidad, la información que nos aporta es siempre limitada y se basa sólo en una hipótesis de efectividad.

La historia de la farmacología ya nos ha dado varios ejemplos recientes del nefasto resultado que puede tener el establecer ciertos silogismos en medicina. El silogismo aristotélico según el cual A=B=C, A=B, B=C, luego A=C, ha tenido trágicas consecuencias cuando se aplica a la toma de decisiones terapéuticas, y sin embargo se asume constantemente en la práctica clínica de todos los días. La Food and Drug Administration autorizó la comercialización de flecainida y encainida en la prevención de la muerte súbita asociada a arritmias ventriculares asintomáticas aplicando ortodoxamente la ecuación aritmética A (antiarrítmicos) = B (menos arritmias) = C (menos muertes súbitas por arritmias), luego los antiarrítmicos previenen la muerte súbita. Más tarde se observó que esto no era así, e incluso se realizó un ensayo clínico donde se observó que, en realidad, estos antiarrítmicos provocaban más muertes súbitas que el placebo. De haberse establecido la calidad de esta recomendación con un sistema que sustrajese puntos por el uso de variables subrogadas asumiendo un efecto sobre una variable final, la recomendación se habría basado en una «calidad baja», y quizá se habrían salvado miles de vidas.

Volviendo a la eficacia antipsicótica Leutch y colaboradores se hicieron la siguiente pregunta: ¿qué umbral de reducción en las escalas BPRS o PANSS es el que debemos considerar como umbral de respuesta clínica? Es decir, a partir de qué porcentaje de reducción en estas escalas consideramos que hay una respuesta o remisión clínica? Bien, hay otra escala que se llama Clinical Global Impression Scale (CGI) que es muy sencilla de pasar y que no se basa en ninguna sintomatología específica sino que se fundamenta en la percepción clínica de que el paciente está mejor que previamente, es muy perceptiva, pero al mismo tiempo muy indicativa de un cambio clínico real (aunque resulte paradójico es todo lo contrario).
Estos autores sugieren que los umbrales que generalmente se toman como umbrales de respuesta puede que resulten en diferencias estadísticamente significativas (lo cual no es más que rechazar una hipótesis nula a nivel estadístico), pero que, la repercusión clínica de este umbral (que es lo que nos importa para darle el valor de variable subrogada) es muy discutida.
Para decir esto, ellos han hecho una extrapolación entre porcentajes de reducción en las escalas BPRS y PANSS y la escala de impresión clínica global (CGI).
Como se puede comprobar, el umbral que se suele dar por válido es un 20% de reducción en la escala PANSS que no llega a 1 punto en la CGI (mínimamente mejor estado clínico que antes).

Con los antidepresivos ocurrió lo mismo. En un magnífico artículo publicado en el BMJ por Moncrieff (BMJ 2005;331:155–9), se demuestra cómo una respuesta antidepresiva en la escala Hammilton del 50% frente a una respuesta del 32% en el grupo placebo, se manipula estadísticamente dicotomizando una variable continua (en respuesta versus fracaso) de manera que se proporciona una NNT (Número Necesario a Tratar) de 5, lo que quiere decir que tratando a 5 personas 1 mejora lo cual es un gran resultado. Pero este gran resultado se corresponde con una diferencia de 1,7 puntos en la escala de Hamilton que se consigue simplemente proporcionando un medicamento o sustancia sedante aunque carezca de propiedades antidepresivas.
  
Paco Martínez Granados

lunes, 20 de junio de 2011

Enuresis nocturna: un trastorno inducido por antipsicóticos de segunda generación infraestimado e infravalorado.


La enuresis nocturna (emisión incontrolada e involuntaria de orina durante el sueño) es un problema que afecta a muchos niños, afectando en ocasiones a la calidad de vida de estos y a su autoestima.  Sin embargo puede ser también un efecto secundario de los antipsicóticos de segunda generación. Desde 1990 este evento adverso se venía describiendo en algunos casos clínicos, si bien, es probablemente uno de los efectos secundarios menos conocidos de los antipsicóticos.

Como hemos comentado ya en alguna ocasión, los ensayos clínicos no están diseñados para averiguar la incidencia real de las reacciones adversas, dejándose este trabajo para la fase IV del ensayo, que es una fase post-comercialización y para la que el sistema sanitario no destina suficientes recursos. Con lo cual nos acabamos enterando de las cosas con años de distancia desde la comercialización, como es el caso de la reacción adversa que comentamos hoy, gracias a un estudio de cohortes publicado este mes en el British Journal of Psychiatry.
Este estudio se inició porque en Nueva Zelanda tienen en marcha un sistema bastante bien desarrollado (y que por cierto, aprovecha los recursos e infraestructura que ofrecen las oficinas de farmacia, no como en España, donde no se aprovecha lo más mínimo). El programa al que me refiero es el Intensive Medicines Monitoring Programme (IMMP), el cual recibió varios casos de enuresis nocturna asociados a clozapina, eran pocos, pero todos tenían en común que la relación de causalidad farmacológica era elevada. Dado que los ensayos clínicos y los estudios observacionales llevados a cabo hasta la fecha no han tenido sensibilidad para la detección de este fenómeno, los autores decidieron realizar un estudio de cohortes específicamente diseñado para esta cuestión: conocer con más exactitud la tasa de eneuresis nocturna con clozapina, risperidona, olanzapina y quetiapina.

Metodología
Para ello continuaron aprovechando la inmensa infraestructura y recursos que las oficinas de farmacia pueden proporcionar a un sistema sanitario cuando se sabe ver el potencial de esta integración. Es un tipo de estudio que en Nueva Zelanda está muy integrado, como digo, y sólo tienen que hacer preguntas específicas al sistema, para que este les devuelva la información, cada vez que lo consideran oportuno, lo cual es magnífico. En un primer lugar, señalan los medicamentos que quieren monitorizar. La captación de pacientes se hace desde las oficinas de farmacia, cada vez que un paciente acude a retirar estos medicamentos. Entonces se diseñan cuestionarios específicos que tengan sensibilidad para la identificación de las reacciones adversas que al sistema sanitario le interese observar. En este caso el cuestionario contenía preguntas específicas que permitieran la detección de la enuresis nocturna. Se excluyeron pacientes menores de 15 años y mayores de 64 años con el fin de aumentar la probabilidad de que la enuresis nocturna, si aparecía fuese debida al medicamento y no a otros procesos médicos. Más tarde los cuestionarios eran remitidos a los médicos, quienes lo completaban y remitían a su vez al IMMP. Los cuestionarios contenían las preguntas necesarias para que hubiese información suficiente para establecer la causalidad farmacológica con el algoritmo de Karl-Lasagna, que era establecida por un grupo cualificado de trabajo.

La tasa de enuresis nocturna para cada medicamento se calculó dividiendo un numerador de nuevos casos de eneuresis desde el inicio del medicamento, por el denominador que era el número de participantes que devolvieron el cuestionario al IMMP. Aquellas personas que dijeron tener este problema desde antes de haber empezado con su tratamiento fueron excluidas del estudio.

Resultados
En cuatro meses de captación de datos (de agosto a noviembre de 2004), se prescribió quetiapina, risperidona, olanzapina o clozapina a 979 personas, de los cuales una vez se excluyeron todas las prescripciones que no se correspondían con inicios de tratamiento, al final la cohorte la formaron 606 pacientes. El antipsicótico más prescrito fue risperidona (42%). Olanzapina representó un 22,5% de las prescripciones, quetiapina un 21,3% y clozapina un 14%. El diagnóstico más frecuente fue esquizofrenia y trastornos relacionados y los trastornos del humor representaron un 21%. No obstante, cerca de un 40% de la cohorte no mencionaron el diagnóstico que motivaba la prescripción del antipsicótico. En total se remitieron al IMMP 508 cuestionarios, con lo que la tasa de respuesta fue de un 79%.

Riesgo de enuresis nocturna
52 personas describieron tener enuresis nocturnas mientras estaban en tratamiento antipsicótico. 11 de estas personas dijeron tener estos síntomas desde antes de estar tomando medicación por lo que fueron excluidos del análisis. La frecuencia con la que ocurrieron estos eventos fueron:
               20,7% en personas en tratamiento con Clozapina (n=82).
               9,6% en personas en tratamiento con Olanzapina (n=115).
               6,7% en personas en tratamiento con Quetiapina (n=105).
               6,2% en personas en tratamiento con Risperidona (n=195).
Los ajustes por edad, sexo y duración del tratamiento no resultaron en diferencias en estos resultados.
Las respuestas a la pregunta “¿Cuántas veces ha ocurrido la enuresis nocturna desde que tomas la medicación?” fue contestada por un 90% de los 41 pacientes que manifestaron tener este problema. De ellos, el 19% dijo haberle ocurrido sólo una vez, un 16% dijeron que les había ocurrido un par de veces y un 65% dijeron que les ocurría con frecuencia.

Factores de riesgo para la enuresis nocturna
Un 24% de las personas que manifestaron tener este problema de salud, estaban en tratamiento con dos antipsicóticos, porcentaje que desciende a un 4% del resto de la cohorte que respondieron al cuestionarios, la diferencia es estadísticamente significativa (p<0,0005), es decir, otro argumento más (sumado a la falta de efectividad demostrada) del uso de polifarmacia antipsicótica.
Haber tenido este problema (enuresis nocturna) en la infancia parece ser otro factor de riesgo. En total 116 personas (un 27% de la cohorte) dijeron haber tenido enuresis nocturna con anterioridad.  Un 43% de los que manifestaron tener este problema en la actualidad desde que empezaron a tomar la medicación antipsicótica tenían además el antecedente de enuresis nocturna, versus un 20% en el resto de participantes (p=0.009).
Por otra parte, por la naturaleza del estudio, llevado a cabo en condiciones reales, solía ser frecuente que estas personas, además del antipsicótico estuviesen en tratamiento con otros psicofármacos (un 71%). No hubieron diferencias estadísticamente significativas (p=0,705) en el porcentaje de psicofármacos concomitantes entre ninguno de los grupos (risperidona, quetiapina, olanzapina o clozapina).

Discusión de los autores.
El gran hallazgo de este estudio es que uno de cada cinco personas entre 15 y 64 años que están en tratamiento con clozapina, están experimentando enuresis nocturna desde que iniciaron el tratamiento antipsicótico y que este riesgo es sólo un poco más bajo para los que estén en tratamiento con olanzapina, riesperidona o quetiapina.

El análisis estadístico cuando se ajusta por variables de confusión, no altera sus resultados.

La frecuencia con que ocurre la enuresis nocturna es bastante mayor a la que estaba descrita en base a ensayos clínicos (sobre un 0,5%), lo cual confirma que la evidencia aportada por los ensayos clínicos en cuanto a reacciones adversas suelen infraestimar la magnitud de la morbilidad medicamentosa.

El estudio no se restringió a un primer contacto con antipsicóticos de segunda generación y ha incluido algunos sujetos que llevan largos periodos de tiempo con alguno de estos fármacos. Es posible por tanto que haya habido casos de enuresis noctura farmacológica que hayan remitido espontáneamente y por tanto no se hayan contabilizado. Además, también es posible que este trastorno inducido por la medicación haya sido lo suficientemente problemático para las personas que lo han padecido como para haberlos llevado a un abandono del tratamiento. Estos pacientes que han abandonado el tratamiento por este motivo, pueden ser los casos de mayor gravedad, y no han sido incluidos en el estudio por el diseño del mismo, cuya captación de sujetos fue a través de las oficinas de farmacia, gente que iba a retirar medicamentos. Por lo tanto la tasa de 21% de enuresis nocturna inducida por antipsicóticos puede ser una tasa infraestimada, y no hay que descartar que la frecuencia real rea aún mayor.

Mecanismos posibles por los cuales los antipsicóticos pueden inducir la enuresis nocturna
No están claros. Los mecanismos fisiológicos que interfieren en el mantenimiento adecuado de la continencia urinaria son diversos, y son varios de estos submecanismos los que podrían estar interceptados por los antipsicóticos.
Por un lado la actividad anticolinérgica hace que se inhiba la contracción de la vejiga (lo que podría conducir al síndrome contrario, es decir, a la retención urinaria), pero lo habitual es que esta actividad de sume a otras muchas, ya que los antipsicóticos de segunda generación son bastante inespecíficos en su mecanismo de acción. La actividad antiadrenérgica puede deprimir el tono del esfínter de la vejiga urinaria. Otros mecanismos posibles pueden ser la sedación o la disminución del umbral para el potencial de acción de las células nerviosas.
Por otro lado, un mecanismo interesante sería uno indirecto: la diabetes mellitus cursa con poliuria lo cual puede resultar en incontinencia nocturna, y es conocido que los antipsicóticos atípicos pueden inducir diabetes mellitus.
Por otro lado la Diabetes insípida también es un trastorno que puede estar inducido por este tipo de antipsicóticos y que también cursa con poliuria. Este mecanismo fue propuesto en un caso de sobredosis a olanzapina, donde el paciente desarrolló una diabetes insípida y cuya poliuria fue resuelta con el uso de desmopresina intravenosa.

Conclusiones
Este estudio hecho en el mundo real nos recuerda que la enuresis nocturna es un problema relacionado con la medicación que puede estar siendo infravalorado por muchos motivos. En primer lugar la ocurrencia con que puede darse este problema es bastante superior a lo que dicen los ensayos clínicos, monografías, etc (al menos un 21% de las personas en tratamiento con clozapina y al menos un 10% para risperidona, olanzapina y quetiapina). En segundo lugar porque es un efecto secundario que puede resultar difícil de ser manifestado en la consulta, ya que puede resultar incómodo comunicarlo. En tercer lugar porque precisamente por esto, y porque realmente puede condicionar la vida de muchas personas, puede ser uno de los motivos que conduzcan al abandono de la medicación, y cuando el abandono se produce sin un asesoramiento adecuando y con apoyo técnico y humano, puede resultar en un abandono errático y conducir a recaídas (ver anteriores posts en cuanto a este tema). Por lo tanto se deben incorporar preguntas que focalicen en este trastorno y en sus consecuencias para la percepción de las personas que toman antipsicóticos de segunda generación.
El estudio arroja un dato que me gustaría resaltar para acabar: un factor de riesgo es la polifarmacia antipsicótica, como también lo es para otros problemas inducidos por fármacos como la prolongación del intervalo QTc, y la falta de evidencia científica que avale esta estrategia. ¿Cuántos argumentos más necesitamos para dejar de “pactarla” masivamente con los pacientes?

Paco Martínez Granados

Acido Valproico - Lupus - Hidroxicloroquina - Psicosis: Un posible caso de cascada de prescripción médica y una actuación clínica desde la Deprescripción

Autor :   Álvaro Blanco Marqués (Estudiante último curso del Grado de Farmacia (UMH) Tutor: Dr. Francisco Martinez Granados ÁCIDO VALPROIC...